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lunes, 22 de enero de 2018

Locura de Mujer (I)


Son mujeres diferentes, cantantes con un estigma llamado genio, extravagancia, desmesura, furia...

En los últimos cincuenta años, esas mujeres frenéticas han sido un punto y aparte en los escenarios de Cuba y el mundo, han marcado épocas y han grabado sesiones y discos inolvidables, han inspirado películas, novelas, canciones. Y parece al oírlas a todas juntas que existe un hijo conductor en su arte, que podríamos hablar de un género que sigue vivo y que se alimenta de excesos, de voces sublimes, de leyendas.

Locura de Mujer es la banda sonora de una enfermedad que cura, de un delirio con forma de bolero, son o guaracha, que sigue provocando llanto y alegría, esperanza y pena, alivio y dolor.

Son sólo mujeres que cantan y ésa ha sido probablemente su locura.

José Luis Rupérez (Madrid, 1954)

A continuación, y en cuatro posts, el texto que Sigfredo Ariel (Santa Clara, Cuba, 1962) escribió para el cuaderno que acompaña al CD Locura de Mujer, lanzado en el 2000 en Madrid, bajo el título Cuba Soul y que con licencia de la EGREM produjera Cuba XXI Music SL.

Contiene 16 canciones en las voces de 17 cubanas: La Lupe (No me quieras así, de Facundo Rivero); Celeste Mendoza (Besos brujos, de A. Malerba y R. Sciamarella); Marta Strada (Perdóname, mi vida, de Ruiz y Zorrilla); Moraima Secada (Rompiendo, de Chany Chelacy); Esther Borja y Doris de la Torre (No tienes por qué criticar, de Ela O'Farrill); Leonora Rega (Con mi soledad, de Olga Navarro); Gina León (Seguiré mi viaje, de Álvaro Carrillo); Gina Martín (Cabio sile yeyeo, de Félix Chapottín); Amelita Frades (Aquel rosario blanco); Freddy (Noche de ronda, de Agustín Lara); Paulina Álvarez (La violetera, de Padilla y Montesinos); Francis Nápoles (Junto a ti esta noche); Marta Justiniani (Persistiré, de Rubén Rodríguez); Teresita Herrera (Ser, de Teresa Herrera); Elena Burke (Llegaste a mi cuerpo, de Pablo Milanés) y Juana Bacallao (Yo soy Juana Bacallao, de Obdulio Morales).

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Desde los inicios del siglo veinte, las voces femeninas han quedado impresas en cilindros Edison, discos de vinilo, cintas magnetofónicas o los medios de registro sonoro que han surgido con posterioridad.

Fue una cubana, la soprano Chalía Herrera, de las primeras cantantes en el mundo que se aventuraron a realizar grabaciones en el Nueva York de finales del ochocientos, junto a Caruso, cuando dejar memoria del canto era todavía una quimera. O mejor: una locura.

Teatros, cabarets y estudios de radio y televisión han sido testigos de no pocas 'locuras' llevadas a cabo por las cubanas. Artistas que -fuera cual fuera el género que cultiven, cancioneras líricas, guaracheras, soneras o trovadoras- se empeñan en ser irrepetibles, distintas, singulares.

No pocas lo han logrado, no sólo en el modo de cantar, si no en la manera que escogen para presentarse ante el público. El CD Locura de mujer precisamente es una colección de poderosas individualidades, de voces que movieron las noches habaneras, que sacudieron a su antojo oídos y ojos de la gente.

No sólo a través de sus actuaciones en vivo y sus discos, sino con la historia de sus propias vidas. En alguna medida ellas condimentaron buena parte del siglo veinte, contando infinitos dolores, prometiendo avalanchas de amor, bailando, riendo y cantando de punta a punta de la larga y estrecha isla.

El año 1959 fue un año climático para la vida cubana. La revolución triunfante encontró un ambiente musical caleidoscópico, repleto de versátiles opciones nocturnas. Los minúsculos night clubs de El Vedado acogían a jazzistas y cantantes de filin; en las fastuosas producciones de Tropicana, donde reinaba un coreógrafo catalán de imaginación desbocada, Roderico Rodney (Rodney), convivía la rumba con la opereta vienesa, el chachachá con el swing, la samba con el son montuno.

Montmartre, Sans Souci, Casino Parisién, Havana Riviera, el Capri y el Hilton (actual Habana Libre) eran sitios exclusivos donde se presentaban shows con orquestas estupendas, artistas famosos importados o consagrados nacionales. Al oeste de la ciudad, la playa de Marianao estaba llena de pequeños cabarets -Mi Bohío, Bambú y Rumba Palace los más concurridos- donde músicos y cantantes, modelos y bailarines probaban sus armas cada día con la ilusión de triunfar en grande.

Sigfredo Ariel

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