Google
 

lunes, 26 de junio de 2017

50 años de la Orquesta Cubana de Música Moderna


El pasado mes de abril se cumplieron 50 años de la creación, en 1967, de la Orquesta Cubana de Música Moderna.

Pareció insólita la orientación de los comisarios comunistas que regían la cultura de crear aquella big band con permiso para tocar jazz. Desde hacía más de siete años, el rock and roll, el jazz y toda la música norteamericana y anglosajona en general, habían sido proscritas en Cuba.

Como sus mentores soviéticos, los comisarios consideraban que era la música del enemigo, decadente, enajenante y que servía “vehículos de penetración ideológica para socavar el socialismo”.

Pero luego de varios años de ridículas prohibiciones, que llegaron al extremo de considerar la guitarra eléctrica y el saxofón como “instrumentos imperialistas” y a sus intérpretes como “colonizados y penetrados culturales”, los comisarios parecían haber cambiado de opinión respecto al jazz y permitían tocarlo, siempre que estuviera mezclado con la música cubana.

A los directores Rafael Somavilla y Armando Romeu les encargaron reunir a los mejores músicos del país para conformar lo que sería la Orquesta Cubana de Música Moderna. Somavilla y Romeu, que dejó la orquesta del cabaret Tropicana, fueron a buscar al pianista Chucho Valdés y al guitarrista Carlos Emilio Morales al Teatro Musical de La Habana, a Pucho Escalante, el percusionista Oscar Valdés y el baterista Guillermo Barreto a la orquesta del Instituto Cubano de Radio y Televisión, al bajista Cachaíto y a Luis Escalante, a la Orquesta Sinfónica Nacional, y al saxofonista Paquito D’ Rivera lo rescataron de la banda de música de las FAR donde cumplía el Servicio Militar Obligatorio.

La primera presentación de la Orquesta de Música Moderna fue en junio de 1967, en un campamento de trabajo agrícola en Guane, Pinar del Río. Unos días después actuarían en un abarrotado teatro Amadeo Roldán. Luego, grabaron un disco de larga duración en la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM). Entre otras piezas, el disco contenía Misa Negra, la más emblemática composición de Chucho Valdés, y Pastilla de menta, una versión de One Mint Julep, de Ray Charles, que tuvo enorme éxito entre un público que ya estaba hastiado de tanto Pello El Afrokán con su Mozambique y su María Caracoles.


La orquesta ensayó febrilmente para presentarse en el pabellón cubano de la Expo 67 en Montreal, pero finalmente, a varios de los mejores músicos de la orquesta no les permitieron viajar a Canadá. Temían que “desertaran”.

Con Chucho Valdés, Paquito D’ Rivera, Cachaíto, Carlos Emilio Morales y Enrique Plá utilizaron el pretexto de que eran necesarios para integrar el Quinteto Cubano de Jazz y que “tuvieran tiempo para prepararse adecuadamente para representar a Cuba” en el Festival Jazz Jamboree que se celebraría en 1970 en Varsovia.

A los trompetistas Lara y Varona y al trombonista Modesto Echarte, a quienes no les encargaron ninguna tarea en particular, nunca les explicaron las razones por las cuales -según se dice, a petición de Manuel Duchesne Cuzán, director de la Orquesta Sinfónica Nacional- no los dejaron ir a Montreal.

Los festivales de Varadero de 1967 y 1970 fueron las últimas oportunidades de lucimiento de la Orquesta Cubana de Música Moderna. Luego del Congreso de Educación y Cultura de 1971, con el advenimiento del nefasto Decenio Gris, a los músicos de la orquesta les orientaron que tenían que “tocar de todo, y no tanto jazz”. Aquella imposición se vio reflejada en el segundo disco de la orquesta, titulado Cuba, que linda es Cuba, donde todas las piezas eran cubanas y del corte de la homónima de Eduardo Saborit.

La orquesta se vio forzada a tocar un repertorio cada vez más ligero, con poco o ningún margen para los solos y la improvisación jazzística, hasta convertirse en una orquesta de variedades que acompañaba a cantantes de segunda o tercera categoría.

La decadencia de la orquesta era imparable. La Dirección de Música del Consejo Nacional de Cultura despidió por protestón a Paquito D Rivera, las FAR se llevaron para su banda musical al trompetista Arturo Sandoval, el baterista Enrique Plá y el contrabajista Carlos del Puerto, y Romeu y Somavilla se apartaron de la orquesta, que quedó bajo la dirección de Germán Piferrer.

En 1973, Chucho Valdés creó Irakere y “sacó del bache” a Paquito D’ Rivera y a varios de aquellos músicos. Con una profusión de instrumentos de percusión afrocubana, en números como Bacalao con pan y Valle de Picadura, se mezclaban el jazz y el dodecafonismo con la música cubana, Irakere causó sensación en su momento, y junto con Los Van Van, revolucionaron la música nacional.

Pero Irakere acabó tocando una música bailable, que para los bailadores resultaba demasiado rápida y elaborada. Sus integrantes, incluido el director, Chucho Valdés, se sintieron incómodos y ansiosos de nuevos horizontes musicales: lo que les interesaba era el jazz. Paquito D’ Rivera se iría de Cuba en mayo de 1980. Arturo Sandoval se fue en 1989. Les seguirían Carlos Averhoff, Carlos del Puerto y otros.

El 23 de junio de 2007 en el teatro Amadeo Roldán se celebró el 40 aniversario del primer concierto en dicho auditorio de la Orquesta Cubana de Música Moderna, y de los integrantes originales sólo estuvieron tres: Chucho Valdés, Carlos Emilio Morales y Enrique Plá. Los demás músicos estaban muertos (Romeu, Somavilla, Barreto y Varona) o se habían ido del país, en busca de libertad y de mejores oportunidades de tocar, sin imposiciones, la música de su preferencia.

En 2017, cuando se cumple el medio siglo de la Orquesta Cubana de Música Moderna, parece que la efemérides redonda pasará sin celebraciones.

Luis Cino Álvarez
Cubanet, 4 de mayo de 2017.
Leer también: Haciendo historia en el Amadeo, por Pedraza Ginori.

jueves, 22 de junio de 2017

Numidia Vaillant: piano-woman, jazz-woman (II y final)



Como compositora y viviendo aún en Cuba, Numidia avanza algunos pasos: el gran cantante franco-hispano Luis Mariano le graba su mambo Juanita la Chismosa (RCA Víctor V23-6455), el 22 de julio de 1954. Meses antes, en marzo, el Conjunto Casino le graba, para el sello Panart, el bolero No sé por qué no me quieres, en la voz singular de Rolito Rodríguez.

En enero de 1956, Show, la revista de los espectáculos, destaca a los llamados 'pianistas excéntricos', en su selección anual de 1955, que singulariza en Ignacio Villa, Bola de Nieve, y Numidia Vaillant. En el programa Show de Medianoche, en Radio Continental, situada en Prado y Colón, La Habana, en agosto de 1956, Numidia figura entre las prominentes y numerosas figuras que desfilan por los micrófonos del popular espacio. Son los tiempos de sus recordadas noches en el Club 21, un lugar que aún señala esa esquina de N y 21,frente al hotel Capri, en El Vedado, pero hoy ya muy diferente y donde nadie recuerda ni sabe de aquella muchacha que todas las noches maravillaba con su piano.

Numidia consigue fidelizar a un grupo de selectos degustadores de su pianismo y su voz, cubanos y extranjeros de clase media y alta que frecuentaban el Club 21 y que comenzaron compartir con ella una relación cálida y amistosa. Los recuerdos de Dámaso Rodríguez, Yuyo, chef del night-club y gran aficionado al canto, dibujan a la Numidia de aquellas noches del Twenty-One, como también le llamaban: “Fue la primera pianista del Club 21. Era de carácter risueño, pero no de medias tintas, porque le decía al pan pan y al vino vino. No era guarachera, lo de ella era Edith Piaf, Michel Legrand, Lecuona, Cesar Portillo, José Antonio Méndez, y por eso gustó mucho a los clientes de la alta sociedad de entonces. Fue la primera pianista que me montó repertorio y por ello hicimos buena mancuerna. Su gran admirador era un remero del Habana Yacht Club, Titi Longa, familia de la famosa escultora, a él le gustaba cantar y ella gustaba de acompañarlo. Una noche la acompañé al restaurant Chez Merito en el Hotel Presidente y como había un piano me invitó a cantar y yo que no me parecía a nadie pues la complací. Cada vez que escucho La Vie en Rose la recuerdo.”

A instancias de Titi Longa, Numidia accede a acompañarle en la grabación de un disco LP, que se publica bajo el título Cita en el 21, por el raro sello Hi Havana (LM-500).El disco incluye los temas No puedo ser feliz, Que seas feliz, Tú mi delirio, Vuela Coloma, Tú me acostumbraste, Por qué volviste a mí, Profecía, Qué dirías de mí, Sensualidad y Mañana será hoy, esta última de la autoría de la Vaillant. En la foto, a la entrada del Club 21, Elena Burke y Meme Solís.



Es también en el Club 21 donde por primera vez Marta Valdés se encuentra con Numidia Vaillant, probablemente, en el verano de 1956, según los recuerdos de la compositora habanera, cuando su amiga Renée Barrios cantaba también allí, en uno de sus espacios de la noche, e interpretaba dos o tres de las canciones de la Valdés. Todas jovencísimas y arrebatadas por la canción. Allí coincidió Marta con el matrimonio de arquitectos Lanz-del Pozo, cuya residencia les abre a todas los brazos para que voces y piano experimenten, unan sentimientos y afloren nuevas canciones. Numidia, Marta, las Hermanas Benítez la frecuentaban y hacían habitual la magia reiterada de los reencuentros con sus anfitriones e invitados.

Beatriz, Pilar, Petry, Beba y Juanita, las Hermanas Benítez formaban en 1956 un quinteto vocal, al que se vincula la Vaillant en calidad de pianista acompañante, en una labor que como ya señala Marta Valdés, abarca también el montaje de voces y la realización de arreglos. Muy pronto surge un contrato para presentarse en Estados Unidos. El vuelo 951 de Aerovías Q llevará a Numidia y las Benítez en su primer viaje a Key West el 17 de enero de 1957, quienes se presentarían bajo el nombre comercial de The Cuban Cuties and Numidia Vaillant. Para la pianista, la de 1957 sería también su única experiencia de permanencia en ese país. Sus motivos tuvo para no regresar, y la impresión que aquel periplo dejó en ella, logró sintetizarla en la citada entrevista con Palma y Couffon:

-Fue en 1957, que era muy difícil, y mi impresión del Sur fue tan desagradable en ese aspecto (el racial) porque del resto aprendí muchísimo jazz y de todo. Yo me dije: “A este país no volvería ni de casualidad”. Así fue. Por poco voy a la cárcel. En una tienda del sur de Mississipi compré unas cosas y después quise tomar un jugo de naranja y no me lo sirvieron. Yo no me quise ir y les dije: “Si mi dinero no es bueno para un jugo de naranja, devuélvame el dinero que he gastado, que no será bueno para las otras cosas”. Llamaron a la policía, los bomberos cerraron la cuadra, evacuaron todo y vinieron como fieras. Yo hice como que no hablaba inglés. En español les dije: “Soy ciudadana cubana y ustedes no tienen derecho a hacer eso”. Fue un incidente muy grande. Con las chicas con las que viajaba, estuvimos en la primera plana en el periódico. Por la noche, mucha gente de todas las razas vino al concierto. En Baltimore no había hotel para nosotras. Tuvimos que dormir en el coche, en la montaña, y veíamos explotar las bombas abajo, porque eso fue en el 57. En Little Rock, tuvimos que dormir con la policía acostada al lado de la puerta. El cabaret donde fuimos a tocar tenía un policía cada dos metros para protegernos, y nos desplazábamos en los autos de la policía negra. Recorrimos todo el Sur desde el mar del Caribe hasta el Océano Pacífico. Después nos fuimos para el norte hasta Seattle y ya fue otra cosa. El viaje por el centro fue diferente. Luego hubo que hacer el Sur, Carolina del Norte, Carolina del Sur.

En julio de 1957, antes de continuar la gira por Estados Unidos, Numidia y las Benítez se destacan en el show del Casino Parisién del Hotel Nacional de Cuba, donde son contratadas por dos semanas, con un repertorio ecléctico que va, desde Seventeen, Arrivederci Roma, Morirat, Bailando Calypso hasta el Yerbero Moderno, y que provocó elogiosas críticas y el contrato para presentarse en noviembre de ese año en Miami Beach, en los hoteles Algiers y Sevilla. Contaría Numidia: “Después de Miami, regresé a Cuba, a mi casa. Teníamos un contrato para volver. Cuando volví para trabajar con la orquesta, no me dejaron tocar el piano. Sólo me dejaron dirigir la orquesta. El director del sindicato de música dijo que aunque yo tocara muy bien, no me lo iba a permitir porque había norteamericanos que tocaban mejor que yo. No me quiso dar el permiso para tocar.”

En efecto, la nota aparecida en la revista Show lo corrobora: “La Unión de Músicos que preside Mr. Petrillo impidió la actuación de la pianista Numidia Vaillant, que acompaña siempre a las Benítez.” Las Hermanas Benítez con Numidia siguen despertando interés de los espacios nocturnos habaneros y al año siguiente, en enero de 1958, están presentándose en el bar del Cabaret Sans Soucí, valoradas por la empresa como un verdadero acierto de elección. Numidia sigue con sus presentaciones como pianista en el selecto Club 21. También en 1958 hace parte de un memorable concierto donde el flautista Roberto Ondina dirige una orquesta de cámara secundado al órgano por Sara Jústiz y Numidia al piano, y como cantantes solistas, Marta Pérez, Tomasita Núñez y Luisa María Morales, entre otros.

En un período anterior a 1958, según la misma fuente, estuvo en México, probablemente coincidiendo o junto a Las Hermanas Benítez, donde permaneció seis meses (entre 1957 e inicios de 1958), pero a consecuencia de una actitud malintencionada de una supuesta amiga, nunca obtuvo el permiso para trabajar. Las Benítez terminaron radicándose en el país azteca y luego desperdigándose por el mundo, alejadas de los escenarios y entregadas a las familias que decidieron crear. Pero antes, durante su período mexicano, nos cuenta el doctor Cristóbal Díaz Ayala, dejaron una serie de grabaciones que acaban de ser referenciadas, lo que ameritará una investigación más exhaustiva para tratar de identificar la posible presencia de Numidia Vaillant y su piano con ellas en estos registros fonográficos. De ese período data la grabación que hicieran Las Benítez del tema Bailando calypso de la autoría de Numidia, registrado por el sello Musart (01962) en marzo de ese mismo año. Ese mismo sello acoge la grabación que el dúo chileno Sonia y Miriam hiciera su tema A través del mar, en noviembre de 1962, con la referencia 03309. La pianista santiaguera también menciona haberse presentado en Colombia y Bahamas, probablemente antes de viajar a Europa, aunque sin precisar fecha. Mientras permanece en La Habana, trabaja, aprovecha el tiempo, continúa sus estudios de francés en la Alianza Francesa.

Las reflexiones de Numidia, tras el viaje a los Estados Unidos, transparentan varias conclusiones que implicarían cambios definitivos en su vida: “Después del viaje me puse muy violenta, muy salvaje contra las costumbres cubanas. De regreso a La Habana me di cuenta de muchas cosas que no veía antes. Entonces me dije que en un país en donde mi abuelo había sido uno de los fundadores, yo no podía soportar que se me tratase mal. En aquel entonces si uno protestaba por un maltrato racial, decían que uno estaba hablando mal del gobierno y lo metían a la cárcel. Es decir, que era verdaderamente una catástrofe. Entonces me puse a reunir dinero. Yo tenía buena posición, trabajaba en un club muy exclusivo (se refiere al Club 21) donde ni los sirvientes eran negros. La única negra era yo, la pianista. Allí conocí a Nat King Cole. Allí conocí a muchas familias europeas que me dijeron: Usted tiene que ir a París. Me hablaron del club-restaurant La Calavados. Mi profesor de piano en el conservatorio me decía lo mismo. En un año reuní dinero suficiente y me fui a París.”

Una decisión con sabor a decepción, un halo de romanticismo, y hasta de ingenuidad, pero también con ganas de comerse el mundo en pos de su realización personal, que no deja indiferentes a algunos: en editorial titulado Ante el desastre, el director de la revista Show, Carlos Manuel Palma escribía: “…el éxodo de grandes figuras preteridas se nutre con otro nombre glorioso, pero desgraciadamente olvidado. El de Numidia Vaillant, la excelsa pianista y compositora, que huye avergonzada del vacío que la rodea. Se va sin contrato, con admirada valentía, hacia la vieja Europa. Ojalá que este conmovedor suceso sirva de ejemplo y de lección objetiva, sobre todo a los que dilapidan fortunas en importarnos artistas que vienen a hacer su aprendizaje ante nuestras cámaras de televisión.”

En el número siguiente, la revista reproduce un fragmento de una carta del cantante Miguel D’Gonzalo desde Caracas y dirigida a Palma: “Lo que dices de Numidia Vaillant vale un capital: pensar que desde que ella tenía 8 ó 9 años, está sentada en ese piano, pues somos de Santiago de Cuba los dos, como lo es Luis Carbonell, que también puede dar fe de lo estudiosa que siempre fue Numidia y que después de demostrar que puede ser concertista eminente, pianista popular y excéntrica excelentísima, como también compositora de fibras muy hondas, tenga que irse a Europa, avergonzada del trato que los advenedizos productores de nuestra asqueada TV (aún a sabiendas de los valores incalculables que tenemos para regalar, si se nos diera la ansiada oportunidad con constancia) le da a ella, como a un Pepe Reyes que afortunadamente se encuentra fuera del terruño, no así Reinaldo Henríquez, Olga Rivero y otros, por no mencionar la lista innumerable de artistas de verdadera valía que hay en Cuba y que apenas se le atiende.”

Numidia Vaillant llega a París el 3 de noviembre de 1958, mecida quizás en brazos de aquella rara sensación que le provocaban las lecturas adolescentes de Dumas, Hugo o Balzac: el sueño de Europa. “Me daba ilusión pasearme algún día por las calles donde había vivido tanta gente interesante. Quería conocer la historia de Francia, vivir por lo menos un año, ver París, los monumentos, las iglesias, los puentes, la torre Eiffel. Me habían dicho que en París los libros eran baratos, sobre todo los libros de estudio. Me habían dicho que aquí se podía estudiar lo que uno quería, que había posibilidades para todo el mundo. Que había lugar para todas las nacionalidades. Yo tenía deseos de estudiar, de aprender cosas, historia del arte, por ejemplo. Había leído muchas obras que hablaban de París, de la vida de los grandes músicos que decían que no se consideraban consagrados, si no habían sido aceptados por el público de París. Yo tenía la ilusión de estudiar en el conservatorio. Mi profesor de La Habana, Joaquín Nin, que había sido profesor en el Conservatorio de París, me había dicho: “Usted tiene que ir a París a estudiar”. Por eso escogí París.”

Más razones confesaría la Vaillant para sustentar su ilusión de París: “Soñaba que iba a tener una vida brillante como músico y que iba a tocar con una gran orquesta y que luego en Europa algún rey me iba a convertir en marquesa y que iba a ser la primera belleza negra del mundo”, confesaría en tono infantil, reconociendo que “eran cuentos de hadas”. Junto a la fascinación por la Ciudad Luz y el mito de París construido minuciosamente en sus sueños, parece ser que la talentosa pianista está decidida a enfrentar al mundo con tal de triunfar con sus manos sobre el teclado y conquistar el reconocimiento del que se sabe merecedora. Trae consigo cartas de recomendación de aquellas familias aristócratas que acudían a aplaudirla al Club 21, y que iban dirigidas a otras familias parisinas, que, asegura la pianista, la acogen en fechas difíciles como navidad, fin de año y otras memorables, “para evitar que el choque fuera demasiado fuerte. La primera familia francesa que me acogió con la cual guardo una amistad enorme, como si fuera mi propia familia, fue la de mi profesora de la Alianza Francesa de segundo año, Madame Pagniez. Sus hijos son como si fueran los míos”, aseguró alguna vez.

Tuvo la suerte de que su primer trabajo fuera en una boite de jazz, nada más y nada menos que el famoso Blue Note, franquicia parisina de excelencia del famoso club neoyorkino que tiene plazas en las más importantes ciudades del mundo. De hecho, el de París era el de mayor renombre y prestigio en Europa y allí, donde tocan los grandes, Numidia fue contratada por un mes, pero la cubana volvería una y otra vez, llamada nuevamente en diferentes momentos de su vida parisina. Siempre reconoció lo importante que fue en su aprendizaje su paso por el Blue Note y poder ver y también en ocasiones acompañar a grandes del jazz como Stan Getz y Bud Powell. En el Blue Note, el BeBop y muchos otras boites de jazz de Saint-Germain des Près dejaría la santiaguera el sonido de su piano y ellos, en ella, la huella indeleble del mito. Después de su primera incursión en el Blue Note, según cuenta ella misma, trabajaría en aquel restaurant chic y famoso del que tanto le habían hablado sus amigos franceses en el habanero Club 21: La Calavados, un sitio donde por las características de los asiduos, exigían cantar en cinco o seis idiomas, lo que para Numidia no fue nunca un problema, pues además de en español, cantaba en inglés, francés, italiano y portugués. A poco más de un año en París, ya la santiaguera anda con pasos firmes en la vida nocturna de la gran ciudad.

En esos años todavía a La Habana llegan noticias sobre Numidia: la revista cubana Carteles, en mayo de 1960, resume sus éxitos en París y comenta en su sección De la farándula, fragmentos de una carta suya al columnista Arturo Ramírez: “He sido presentada en el Blue Note, en los Campos Elíseos, en el nite-club Suzzy Palydor. Pasé luego a Cataluña para presentarme en el lujosísimo Club Garbi, en S’Agaró de la Costa Brava. El público se encantó con las cosas del folklore cubano y con las interpretaciones de las danzas españolas de Lecuona, que toqué junto a las de Albéniz. Tanto en París como en Cataluña mi arreglo pianístico del zapateo cubano ha gustado muchísimo”, escribiría Numidia al cronista de la revista cubana Carteles.

En Barcelona se presenta de manera destacada en la televisión y a su regreso a París, la llevan a Tele-París donde es entrevistada e interpreta una selección de composiciones propias. En 1959 se le pude ver en Le Boeuf sur le toit, con un programa de temas populares de Centro y Suramérica, entre otros. Allí, comenta Numidia “tuve la suerte de encontrarme con personajes como el actor Jean Marais, que se interesó mucho por mi música y mis canciones.” Para entonces, había comenzado a componer en francés, auxiliada por un diccionario, con lenguaje y temas de la vida diaria, que reflejaban las emociones de su nueva vida y de su nueva ciudad. Y esas canciones gustaron! En Le Boeuf sur le toit, acompaña también al piano al cantante cubano Sergio Fiallo, quien había sido parte del elenco del show del Casino de Capri en La Habana.

Los ecos de la buena acogida que han tenido los cubanos llegan hasta La Habana: “Numidia Vaillant y Sergio Fiallo triunfan en un cabaret de nombre raro Buey sobre el techo", escribió la revista Show. "Fiallo canta obras de Frank Domínguez, Facundo Rivero, Marta Valdés. Tiene a la gente en éxtasis” , reportaba desde la Ciudad Luz el cantante Roland Gerbeau, que también hacía las veces de corresponsal de la revista del espectáculo en Cuba. Ciertamente, en La Habana aún el nombre de la Vaillant no había caído totalmente en el olvido: entre las 'maravillas del teclado' aparecía el de la santiaguera junto a los de Mario Romeu, Paquito Godino, Rafael Somavilla, Bebo Valdés, Rafael Ortega, Adolfo Guzmán, René Touzet, Armando Oréfiche, Frank Emilio, Carlos Ansa, Enriqueta Almanza y las dos Zenaidas, Manfugás y Romeu.

En su obsesión por los estudios, en 1959 es aceptada en el Conservatorio de París. “Me aceptaron sin derecho al concurso, porque tenía 30 años, que era la edad límite. El profesor me aceptó como alumna privada, gratis. Le gustó mi modo de tocar y me preparó un concierto con el Quatour Margand, que era muy importante. Fui al Conservatorio de París hasta 1961. Cuando terminé con ese profesor tocamos un quinteto de Cesar Frank y algunas obras contemporáneas con la presencia de un compositor como Rolland Manuel y Daniel Lesur. Allí estuvo mi antiguo profesor de armonía en el Conservatorio de La Habana, Harold Gramatges, un gran musicólogo, compositor y gran pianista que estaba de Embajador de Cuba en París. Eso me dio mucha alegría. Después seguí tocando otras cosas, sobre todo música cubana del siglo XIX, que ya tocaba en Cuba para la radio y la televisión.”

Los inicios de los 60 definen el período finés de Numidia Vaillant, marcado por su debut cinematográfico en 1962 en el filme Yö vai päivä (Noche o día), de los directores Risto Jarva y Jaakko Pakkasvirta (Finlandia), asumiendo como actriz uno de los roles principales, además del de compositora, pues en la banda sonora del filme aparecen temas suyos de los cuales el más difundido entonces resultó Puumala Calypso. Dos famosos actores fineses -Eino Krohn y Elina Salo- tenían a su cargo los personajes protagónicos y Kari Rydman, el crédito de la banda sonora. En Finlandia, Numidia realizó escasas grabaciones y al menos se ha podido identificar el registro de Puumala Calypso en extended play bajo el sello Filminor, aunque es presumible que el piano de la santiaguera se haga escuchar en los otros tres tracks.

La etapa finesa de la Vaillant dejó una huella indeleble en su vida: allí, en Finlandia, encontró el amor; un amor que la hizo dudar en quedarse allí para siempre o regresar a París. También recibió el amor del público finés: “Jamás imaginé que tendría tanto éxito. Durante dos meses, todos los días, había una sala llena con cuatro, cinco mil personas. En Finlandia tuve premios de películas donde tenía el rol principal. Este período fue muy importante. Estaba enamorada, por poco me quedo. Fue un momento muy intenso de mi vida. Era tratada con respeto, admiración. Desde el punto de vista artístico fue fantástico. Eso duró dos años.” Son años de amor y de él nace su hija Anaïta.

Ya Numidia destacaba en los circuitos jazzísticos. Desde su columna Paris Scratchpad en la revista especializada Jet, y durante los años 1969 y 1970 el cronista norteamericano Art Simmons se ocupa de destacar el paso de Numidia por diversos escenarios: en el Blue Note durante las fiestas navideñas y de año nuevo en diciembre de 1968; durante la temporada de deportes de invierno, se le pudo ver animando las noches en el Cintra Restaurant, en Grenoble; la edición de Jet del 22 de mayo de 1969 anuncia la aparición de la destacada pianista cubana en el Tel Aviv Hilton Hotel, en Israel, donde permanecería seis meses, tras los cuales Jet anunciaría el regreso de Numidia a sus espacios habituales en la Ciudad Luz, desde donde viajaría sin cesar con su música y encantaría sobre los escenarios de Roma, Estocolmo, Reikiavik, Madrid, Ginebra, Zürich, Cannes, Montecarlo…..Pero siempre volvía a París, que ya era definitivamente muy suyo. Construyó su familia elegida, amasada con sus manos de piano, y que unía a sus amigos que la adoraban sin reservas, no perdían ocasión para elogiar su talento a toda prueba, la seguían sin esconder el entusiasmo de sus aplausos a todos los sitios parisinos que continuaron acogiéndola: el Theatre de la Vieille Grille, Le Mars Club, Le Living Room, Chez Papa, Hotel PLM St. Jacques y su entrañable y exclusivo Sofitel Paris.

Entre las cosas que añoraba en 1998 y que lideraban su lista de pendientes deseados, estaba la grabación comercial de un disco, algo que nunca consiguió, expectante quizás porque alguna casa discográfica mostrara iniciativa. Sin embargo, uno de esos amigos divinos logró acercarla lo más posible a ese sueño: a Jean-Michel Delaroche y a su familia habrá que agradecerles siempre habernos legado esos discos, que, desde la más admirada devoción decidió producir para preservar el legado de la pianista santiaguera. Quien quiera conocerla y ahondar en la música que salía de sus manos, acrisolada por un conocimiento monumental y una sensibilidad extrema, tendrá que convertir en fonogramas de cabecera esos discos.

Jazzísimo fue grabado en 1984, en plenitud de su desempeño musical, su vitalidad, pero sobre todo su sentido del ritmo y su virtuosismo, que le permiten obtener un resultado que trascienden la supuesta soledad sonora del pianista y nos hace escuchar mucho más, como si de un trío rítmico se tratara. En Numidia Vaillant au Passage du Désir, la santiaguera aborda, en la cercanía de sus 80 años, un repertorio ecléctico de standarts de jazz junto a piezas del repertorio latinoamericano que van de Moisés Simons (El Manisero) a Atahualpa Yupanqui (Luna Tucumana); de Jobim y Moraes (Garota de Ipanema) a temas de la tradición popular caribeña en Haití y Guadalupe, hasta su personalísima versión del Zapateo Cubano.


Live à Ménilmontant es el último de estos fonogramas, y recoge el concierto ofrecido por la Vaillant el 4 de julio de 2010 Ménilmontant, con dirección artística y coordinación de Jean Michel y Romaine Delaroche; sonido al cuidado de Sebastian Poirel y Thomas Marmounier y mezclas en HotSpot Studio de París. En todos, el repertorio aborda standards de jazz y obras del american songbook (desde Fletcher Henderson, George Gershwin, Thelonius Monk, Duke Ellington, George Shearing, hasta Bill Evans) y también piezas latinoamericanas, finesas, clásicas y hasta alguna de su propia autoría, como es el caso de Numidia’s blues en el CD Jazzísimo. Todo ello, complejizado en su propia manera de decir y de comunicar.

En 2010, ya con casi 83 años, la Vaillant regresa al cine, esta vez interpretando el papel de Louissane en el cortometraje francés de ficción Le Piano, con guión y dirección de Raphäel Schultz. El filme, de 19 minutos de duración, cuenta la historia de una niña llamada Chloe –interpretada por Inés Chaaraoui-Mattei- que tras perder su hogar y mudarse con su familia a una móvil, se encuentra con Louissane, una anciana pianista, y ese encuentro le cambiará la vida.

Numidia había perdido la visión tras una intervención quirúrgica, y aunque nunca dejó de tocar, este accidente se sumó a la cuota de pesares que debió enfrentar en paralelo a su exitosa vida musical: la incapacidad invalidante de su única hija Anaïta, quien además le antecedió en la muerte, y la imposibilidad de ver en ella la continuidad de aquella estirpe depositaria de saberes y cultura que fueron las familias Vaillant y Villalón.

Cuando se sentó al piano aquella tarde-noche primaveral de mayo de 2015 en el Sunset Sunside Jazz Club, probablemente no sabría que sería la última vez que lo haría en público, aunque quizás lo intuyera. Su estado de salud ya era precario, se sentía cansada, y meses más tarde es vencida por la enfermedad. Fallece víctima de cáncer a la edad de 88 años, el 1 de octubre de 2015, rodeada de sus amigos, esa familia que siempre la arropó y cuidó, hasta su último aliento y más allá. Sus restos descansan en Gouvieux, cerca de Chantilly, y junto a los de su hija Anaïta.

No encuentro precedente femenino alguno en la pianística cubana del jazz, y acaso, es Numidia Vaillant, esa santiaguera soñadora, pero pragmática, la que abrió ese camino a las piano-women cubanas. Probablemente, Lilia Expósito, Bellita, nunca escuchó a la Vaillant; quizás tampoco lo hicieron Neisy Wilson y Marialy Pacheco, aunque sin saberlo, con su persistencia y la aún escasa difusión de sus respectivas carreras, han estado continuando ese camino que para Numidia tuvo su punto culminante cuando hizo suyo el mito de París.

Agradecimientos especiales a Marta Valdés, Raúl Fernández, Jaime Jaramillo, Enrique Pineda Barnet, Rembert Egües, Dámaso Rodríguez, Yuyo, y a amigos de Numidia en París que, sin saberlo, han colaborado con este trabajo.

Rosa Marquetti
Desmemoriados. Historias de la Música Cubana, noviembre de 2016.

Fotos: En la primera, Numidia Vaillant en una escena del cortometraje Le Piano, tomada de Theorem-films.com. La segunda, con Elena Burke y Meme Solís a la entrada del Club 21, fue tomada de La Habana Nocturna, extenso testimonio publicado en el blog Memorias de un cubano.

Descubrimientos de Tania Quintero

En YouTube, descubrí a Yaida Jardines Ochoa, santiaguera que vive y canta en París, interpretando Mañana será hoy, de la autoría de Numidia Vaillant, de quien fuera amiga y colaboradora, según esta nota de William Navarrete publicada en Diario de Cuba cuando en 2015 Numidia falleció. También descubrí al grupo argentino El Caribefunk cantando Juanita la chismosa, que al no ponerle crédito se deduce que se trata del mismo número de Numidia Vaillant, que en ritmo de mambo en 1954 le grabara el cantante vasco-francés Luis Mariano.


lunes, 19 de junio de 2017

Numidia Vaillant: piano woman-jazz woman (I)



Encontrar por azar en YouTube su asombrosa versión de Round Midnight, del gran Thelonius Monk, fue más que un regalo a los sentidos, un llamado de conciencia. Dónde estuvo esta mujer de nombre inasible y asombroso desempeño, dónde estuvimos nosotros que no la encontramos antes???!!!

El nombre de Numidia Vaillant Villalón suena lejano, poco conocido; llega unido para siempre en un haz de luz, a París, a Santiago de Cuba, al jazz y a cuanta buena música haya de ser tocada sobre las teclas de un piano. Es evidente que el sonido acrisolado de su piano le debe a Duke Ellington, a Frederic Chopin lo mismo que a Ignacio Cervantes, César Portillo de la Luz, a Marta Valdés, a José Antonio Méndez y hasta a la conga de Los Hoyos. Su refinamiento estilístico y su personalidad se anclan en París, Oslo, Tel Aviv, Japón... lo mismo que en La Habana y Santiago de Cuba. Sobrevienen entonces las interrogantes.

¿Quién es Numidia Vaillant? ¿Qué motivó el silencio –o su posible autosilencio? ¿Por qué la ausencia de noticias acerca de sus éxitos, de su vida, de su excelencia? ¿En qué circunstancias de vida se fraguó ese pianismo increíble y esa personalidad que se anuncia extraordinaria, y quizás precursora como exponente primigenio y raro del pianismo femenino en el jazz en Cuba?

Quien vea y escuche a Numidia Vaillant moviéndose a su antojo por la intrincada selva donde la tientan lo mismo Ellington, Gershwin, que Tom Jobim con su Insensatez, y Kozma con Les feuilles mortes, quedará sin aliento ante Lullaby in Birland (G. Shearing-B. Y. Forster) o frente a uno de los grandes estudios de Chopin. Quien sea capaz de estremecerse ante su magia; quien pueda intuír las marcas de su identidad en el abordaje rítmico de un mundo sonoro que podría parecerle ajeno, sabrá que tras esa mujer y su piano, o más bien desde su interior, late una riqueza musical y cultural en el sentido más amplio, una devota concentración y dedicación al piano y su circunstancia, y una capacidad para llevar de la mano la puridad de la academia, un creativo virtuosismo y un estilo personalísimo para expandirlo a través de un lenguaje de rampante universalidad.

Tocó de manera habitual en la meca parisina del jazz: el Blue Note y en famosas y olvidadas boites de jazz de Saint Germain-de-Pres; se codeó de tú a tú con Bud Powell y Stan Getz; fue reverenciada en escenarios tan disímiles como Israel, Finlandia, Italia o México. Pero pocos saben que era santiaguera; que se marchó de Cuba hacia París en noviembre de 1958, para nunca más regresar, tras el sueño y el mito de la Ciudad Luz, dejando atrás una carrera ya iniciada y en curso, pero que ella sabía insuficiente. Poco, por no decir nada, se ha sabido de ella en este lado del Océano Atlántico, aunque por fortuna YouTube nos la devuelve en los últimos tiempos de su larga vida y asistimos asombrados a la magia de un pianismo que da fe de profundos estudios académicos, pero también de lo que surge y se aprende tras una búsqueda incesante y la inigualable experiencia de revelarse noche a noche como piano woman, centro de la energía en un club de jazz, en una boite de jazz, en cualquier ciudad del mundo.

La opacidad signó la presencia y el recuerdo de Numidia Vaillant en su propio país: las noticias acerca de sus éxitos y su vida dejaron de aparecer en los medios de prensa, a pesar de su probada cercanía, en etapas, incluso posteriores a 1959, en que en cierto momento frecuenta los círculos diplomáticos cubanos en París y según sus propias palabras, llega a colaborar con Alejo Carpentier en algunos proyectos musicales cuando el gran escritor era también el consejero cultural cubano en Francia. Su nombre no se menciona cuando se habla de pianistas en Cuba, a pesar de que su vida, la vivida en Cuba y París, la hace notable y vinculada a momentos significativos de la historia musical cubana.

Santiago de Cuba le dio la bienvenida a este mundo el 29 de octubre de 1927. Sin esta ciudad y sin conocer el entorno socio-cultural y familiar en que Numidia creció y vivó su niñez y adolescencia es imposible comprender las raíces de su sensibilidad, el ansia del conocimiento, su apego a la música y la personal aprehensión del jazz desde el piano. De inestimable valor resulta la entrevista que la Vaillant concediera a la escritora nicaragüense Milagros Palma y al hispanista francés Claude Couffon, el 5 de marzo de 1998, cuarenta años después de haber salido de Cuba, y que bajo el tíulo Yo tenía la ilusión de París fue incluida en el libro El mito de París: veinte entrevistas con escritores latinoamericanos en París. Fragmentos de lo que Numidia contara en esa entrevista:

-Yo vengo de una familia de músicos de tres o cuatro generaciones. En casa se tocaba piano, pero mi abuela tocaba guitarra clásica. Papá era decorador, él tocaba todos los instrumentos de cuerda, el violoncelo, el contrabajo. Entre los jóvenes de mi generación había por lo menos cuatro pianistas. Mi prima, Ana Luisa, que fue alumna de mi mamá, tocaba piano clásico. Mi prima Nereida tocaba piano popular para bailar. Sólo dos no tocaban nada. Un primo abogado que trabajaba en la Base Naval de Guantánamo, tocaba jazz. El me enseñó la música americana. Allá él tuvo la ocasión de oír todos esos músicos de jazz de la época, que venían de Estados Unidos, como Louis Armstrong. Otro de los primos hermanos que era arquitecto tocaba flauta. Pepecito que era médico tocaba algunos motivos, pero no era profesional. Mi mamá y mi tía Anitica eran profesoras de piano; antes de que yo naciera tocaban piano en las películas mudas. Mi abuelo enseñaba música. Mi tía Anitica me enseñó el piano. Ella tocó hasta que se murió, casi hasta la edad de cien años.

El músico y compositor santiaguero Rodulfo Vaillant (sin parentesto familiar con Numidia)–quien afirma que el padre de la pianista, Concepción Vaillant, más conocido por Conchito, era pintor y decorador de muebles cuando vivían en las calles Santo Tomás y San Mateo en la barriada de Los Hoyos y era muy apreciado por su talento y educación. Según William Navarrete, cubano residente en Francia, el abuelo de Numidia, Maximiliano Villalón fue maestro de solfeo de grandes músicos de la vieja trova, como Miguel Matamoros. Siganos con el relato de la Vaillant:

-Desde que me acuerdo, toco piano. Toda mi infancia fue música. Todo el mundo tocaba, todo el mundo hacía música. Mi abuelo murió cuando yo tenía dos años y ya yo tocaba. Mis tías nunca supieron cuando empecé. Todos los chicos del barrio jugábamos en casa a tocar piano. A los dos años aprendí a leer música, antes de aprender a leer y escribir. Cuando mi tía daba clases yo oía todo lo que pasaba. Mi mamá era profesora de cuarto grado y me llevaba a la escuela donde trabajaba. Cuando entré en el kindergarten, a los seis años más o menos, yo tocaba una marcha para que marcharan los niños.

Decisiva sería para ella la influencia familiar y también la de aquella sociedad negra y culta que aunó a ciertos sectores de maestros, empleados, músicos, profesionales afrodescendientes en la ciudad de Santiago de Cuba en las décadas 1920-1930 del pasado siglo. Así lo rememoraba Numidia:

-Los amigos de la familia también eran músicos. Teníamos un círculo social de la alta sociedad negra de aquella época. En mi casa, cuando yo tenía 10-11 años, se hacía una vez por semana, en la tarde, las llamadas tertulias literarias de poesía y teatro. Mi mamá escribía teatro, se tocaba música clásica europea y cubana. Esa sociedad era alta en el sentido de la cultura. No teníamos dinero. Había algunos familiares que estaban muy bien. Mi familia había estado muy bien antes de que se hundieran los bancos en Estados Unidos. Muchas familias, como la mía que tenía dinero allá, lo perdieron todo. Era la época de Machado y las personas como mi mamá que trabajaban en la escuela pública, pasaban a veces ocho meses sin que les pagaran un centavo, pero tenían que seguir trabajando, no podían decir: me paro. Probablemente cuando nací había cierto nivel económico, pero la cosa empezó a descomponerse.

-Recuerdo que todo era muy difícil hasta que terminé mis estudios en la Escuela Normal para Maestros. No se comía todos los días, pero no era sólo en mi familia, en las otras también. Pero de esas cosas no se hablaba. Había familias que estaban mejor, otras peor. Todas trataban de mantener un alto nivel cultural. Nos habían enseñado que lo más importante, lo que no se podía perder, era la cultura. El dinero se podía perder, pero la cultura no. Es decir, que pasara lo que pasara nosotros teníamos que seguir estudiando. En Santiago de Cuba se recibía a las grandes compañías de teatro, de ópera, que venían de Europa y que entraban por el puerto de Santiago. Así recibimos a Enrico Caruso, al Teatro Japonés. La vida en Santiago de Cuba era muy rica desde el punto de vista cultural. Los cabarets no eran bien vistos, se veía un turista, una o dos veces al año.

A Milagros Palma y Claude Couffon, Numidia contó que en Santiago realizó estudios de bellas artes con su tía y durante 8 años se formó en el conservatorio de la profesora Dulce María Serret en la misma ciudad. Después tomó clases con el maestro Benvenutti. Y en paralelo se hace maestra normalista, como se les llamaba a los egresados de la Escuela Normal para Maestros, existentes en las principales ciudades cubanas. Pero su vida era absorbida por la música y los sueños:

-Yo tocaba ocho horas de piano al día. Mis primas pensaban en novios a los nueve años y yo no, yo pensaba en Beethoven. Para soñar tenía el cine y los libros. En casa tenía muchos libros. Muy cerca de la escuela superior estaba la gran biblioteca del Museo Bacardí. Yo la conocía mejor que los bibliotecarios. Salía de la escuela y allí me metía. Me gustaba leer sobre las grandes obras del mundo, cómo se habían construido las pirámides, los grandes puentes, me gustaba leer cosas de historia y sobre todo de pintura, me encantaban también las plantas y la astronomía.

Inquieta, dispuesta a beber de todas las fuentes de saberes y excelencias, en la segunda mitad de la década de los 40, Numidia Vaillant se vincula a Luis Carbonell, quien aún no había alcanzado fama bien ganada como El Acuarelista de la Poesía Antillana ni como el gran músico que llegó a ser, y fungía como repertorista y director de programas musicales en la radioemisora santiaguera CMKC, donde Carbonell organiza un programa estelar para cantantes, que se transmitía todos los sábados a las 8 de la noche. De su propio sueldo como profesor de inglés -su ocupación alternativa- decide pagar 20 pesos mensuales a Numidia para que actuara como pianista acompañante de los cantantes, además de Nené Velarde, quien era pianista oficial de la emisora. Escucha a Carbonell, pero pronto enfilará sus pasos hacia La Habana.

Resulta difícil precisar la fecha exacta en que Numidia Vaillant se establece en la capital, ni ella misma dejó constancia del dato, aunque parece ser que ocurrió a fines de la década de 1940. De lo que sí dio fe fue de su percepción de aquel momento, de lo duro que resultó para ella la inserción en un medio que, a priori, le resultaba del todo extraño y ajeno: “Como mujer, para mí era una catástrofe porque no era bella, no sabía bailar, no tenía costumbre de arreglarme, de maquillarme, de nada. En Santiago siempre había brillado porque tocaba bien. En La Habana eso no bastaba. En Santiago nunca pensé en el aspecto mujer, porque era una niña. En La Habana las otras chicas se reían de mí porque no tenía conversaciones de cosas de mujer. Las tías que me criaron eran solteronas. En casa no se hablaba de ciertas cosas. El lenguaje era muy purificado. Como mujer, en La Habana me sentí muy mal, llena de complejos. Naturalmente, las experiencias eran desastrosas. Yo no estaba preparada para el ambiente de La Habana y digamos que fue ahí donde verdaderamente adquirí la madurez que me permitió después ver mejor a Europa".

Numidia, sin embargo, vence obstáculos y estereotipos y comienza a insertarse, paso a paso y no sin dificultades, en el mundo musical habanero. No deja de crecer: matricula en el Conservatorio Municipal de La Habana y recibe clases de Joaquín Nin Culmell. Se hace notar, hace nuevas amistades, es valorada entre los músicos por su innegable talento y, como siempre ocurre, el talento atrae: por ese camino, Numidia conoce y se relaciona con quienes llegarían a ser verdaderos portadores del vanguardismo en la composición musical dentro de la canción y el bolero -el grupo del feeling- reconociendo la valía de sus obras recién nacidas y anticipando un entusiasmo irrefrenable por lo que se gestaba. Se relaciona con algunos de los que serían las cabezas de ese grupo creativo; realiza transcripciones para César Portillo de la Luz y según algunos testimonios, la pianista se ufanaba de haber realizado una de las primeras transcripciones de Contigo en la distancia.

Diligente, Numidia promueve amistades, crea alianzas y difunde creaciones de colegas aún desconocidos, pero que considera notorias, hechos que, vistos desde la distancia del tiempo, la convertirán en hacedora de encuentros que repercutirán en la historia de la canción cubana.

El email que la compositora Ela O’Farrill escribe a su colega y amiga Marta Valdés varias décadas después, no puede ser más elocuente: “Como ya sabes, mi primera canción fue Ven mi amor que compuse en 1943, a los 13 años (soy del 30). Esa canción la estrenó Pepe Reyes en un programa radial de los domingos en la tarde en CMQ. Se la enseñó Numidia, sería como en 1948. En 1953, también Numidia le dio al Conjunto Casino el bolero “Son cosas que pasan”, lo estrenaron en el programa del mediodía en CMQ TV con Germán Pinelli. En 1954 en una 'descarga' solitaria en el portal de mi casa en Varadero, Numidia y yo compusimos una canción que titulamos Milagro del cielo. Nada más la cantó ella. Marta Valdés resume a la autora de este trabajo, sus recuerdos sobre el testimonio que, en entrevista con el realizador audiovisual villaclareño Raúl Marchena, legara Ela O’Farrill durante su viaje a La Habana en 2012:

“Siendo una adolescente menor de 15 años aficionada a cantar acompañándose a la guitarra, Ela comenzó a componer canciones y conoció a otra joven vecina admirablemente dotada para el canto y conocedora de un vasto repertorio de canciones de moda cubanas y norteamericana, Doris de la Torre, con quien comenzó a reunirse para escuchar música y cantar en sus ratos libres. Doris viajaba con frecuencia a La Habana, donde permanecía por temporadas. Un amigo de la familia O’Farrill llamado Guzmán Estrada, al conocer la vocación de Ela por la música, le contó de su admiración por una joven y muy talentosa pianista santiaguera: Numidia Vaillant que estaba viviendo en La Habana, y le propuso propiciar un encuentro entre ambas, seguro de que el resultado sería enriquecedor. El padre de Ela, persona muy amante de la música (incluso aficionado a tocar el violín) e interesada en favorecer la vocación de su hija, le ofreció invitar a la joven a que se pasara unos días compartiendo con su familia en Santa Clara.

"Ela relata con verdadera emoción aquel encuentro con la artista que, poco después de haber tocado algunas piezas breves en el piano de su casa interpretó, completamente de memoria, la Rhapsody in blue de Gershwin. Numidia también apreció el valor de las canciones que Ela comenzaba a componer y el intercambio fluyó y se convirtió en una gran amistad y una relación de familia con viajes de ida y vuelta, incluso en los que los O’Farrill planeaban temporadas en La Habana y Ela llevaba su guitarra para continuar aquellos intercambios. En uno de los viajes de Numidia a Santa Clara, coincidió con Doris y se quedó admirada de su talento, a tal extremo que le ofreció apoyarla en La Habana relacionándola con compositores como Orlando de la Rosa e Isolina Carrillo, entre otros, lo cual fue aceptado e influyó notablemente en el curso futuro de la carrera artística de quien llegaría a ser una de las más grandes intérpretes en la historia de la canción cubana.

"Numidia había conocido de cerca, en aquellos años 40, a autores noveles como César Portillo de la Luz, cuya canción recién compuesta Contigo en la distancia, dio a conocer a Ela y determinó que ésta le pidiera ponerse en contacto con el autor, a quien quería llegar a tener como maestro de guitarra. Temporadas enteras de la joven compositora en La Habana, siempre en contacto con Numidia, dieron como resultado, a partir del enriquecimiento de Ela en el dominio de la guitarra, la llegada al mundo de varias de sus más hermosas canciones que tuvieron en la santiaguera el fiel apoyo para que creciera y se diera a conocer la obra de esa otra santaclareña que se cuenta entre los creadores más relevantes de la canción cubana en la segunda mitad del siglo XX.”

Luis Carbonell, amigo y coterráneo de Numidia, la llama para un proyecto que acaricia concretar y que deviene al final una de las proezas técnicas más notables en la discografía cubana: la grabación en 1955 del disco Esther Borja canta a dos, tres y cuatro voces, donde Esther Borja canta haciendo todas las voces acompañada al piano indistintamente por los dos pianistas santiagueros. Fue un proyecto de Carbonell, inspirado y realizado por él con la decisiva participación del ingeniero Medardo Montero, al que trajo a su coterránea y amiga, seguro de que haría valer su excelencia ante el piano. Carbonell elige para la Borja un repertorio del cancionero clásico cubano: Te odio y me odias, En el sendero de mi vida, Noche azul, Es el amor la mitad de la vida, Ausencia, La tarde, Ojos brujos y Longina.

Numidia destaca, entre otros momentos, en uno de los dos instrumentales: La hija de Oriente, de José Marín Varona, y en la danza Los tres golpes, de Ignacio Cervantes, montada para dos pianos, donde Carbonell toca el piano junto ella. Casi de inmediato, Numidia escoltaría de nuevo a su amigo en otro proyecto discográfico: Luis Carbonell en la poesía afro-americana, encargándose del acompañamiento musical al piano, junto al llamado Trío Antillano (Nelia Núñez, Isaura Mendoza y Francis Nápoles), a partir de arreglos del propio Carbonell. Este disco se grabaría en Cuba, aunque se fabricaría en Nueva York. Serían, a todas luces, las primeras huellas que hemos encontrado como legado fonográfico de Numidia Vaillant en Cuba y que se asocian, sin dudas, a dos momentos relevantes de la discografía cubana.

Se le ve en diferentes escenarios desdoblada en una especie de show-woman, lo que habla de su ductilidad y capacidad para abarcar diferentes estilos y de su decisión de no detenerse en la búsqueda del espacio que creía merecer…, y merecía! Con una formación clásica, entrenada además como pianista acompañante, arreglista y repertorista, la búsqueda de trabajo la apremia a sumar sus condiciones vocales y un inesperado histrionismo, que le permiten mayores posibilidades de inserción en espacios radiales, televisivos y de cabarets. Ya en mayo de 1954, la revista Show llama la atención sobre Numidia cuando afirma: “La gran pianista y comediante es un hit en televisión”. En efecto, a inicios de la década de los 50, Numidia es contratada por la CMQ, participa de manera regular en varios espacios televisivos y, en su faceta eminentemente pianística, se convierte en esos momentos en la única mujer frente al instrumento en la orquesta de conciertos de esa radioemisora, dirigida por Enrique González Mantici.

El reconocido cineasta cubano Enrique Pineda Barnet atesora amables recuerdos sobre la Vaillant: en 1953 dirigía en CMQ Televisión un programa de televisión que, puntualmente, dedicaba una edición a la ciudad de París. En el set la Vaillant brilla como pianista y cantante de temas icónicos franceses. Recuerda Pineda Barnet: “Numidia era una mujer que nació músico. No era una hembra, no era una modelo, no era sofisticada, era una muchacha muy común, pero absolutamente imposible de repetir. Era un alma, tocando de una manera maravillosa y como ser humano, era muy amiga, era ese tipo de mujeres que se da en el arte: mujer confidente. Con ella logré esa compenetración a nivel de confidencia. Numidia fue importante en esos años, moviéndose, a diferencia de otras mujeres pianistas, en la cuerda del jazz y de la bohemia.”

Rosa Marquetti
Desmemoriados. Historias de la Música Cubana, noviembre de 2016.

Foto de Numidia Vaillant tomada de Musicuba, blog de Roberto García Cepeda.

Más fotos de Numidia Vaillant en Desmemoriados.

jueves, 15 de junio de 2017

El 150 cumpleaños de Sindo Garay (II y final)


Del blog Alocubano, del periodista villaclareño Jorge García Sosa, copio un fragmento de lo que en 2010 escribiera la profesora e investigadora Dulcila Cañizares sobre Sindo Garay:

"Infatigable bohemio, rechazaba vivir mucho tiempo en los mismos sitios, al igual que mostraba sus originalidades, entre las que podemos citar los nombres que le puso a sus hijos: Guarionex, Guarina, Hatuey, Caonao y Anacaona, pues se sentía indio, ya que su madre, Dolores García Pico, descendía de indios; don Gumersindo, su padre, era blanco, y María Petronila Reyes Zamora, madre de sus hijos, era hija de indios de México y del Cibao.

"Sindo y muchos otros troveros cantaban en diferentes sitios santiagueros, como El Lirio blanco, de Paquito Portela, en San Agustín y Heredia; El Gallito, en Carnicería y Callejón del Carmen; el café Bélgica, en Santo Tomás y Trocha, y el de Benito Limonta, en Rey Pelayo y San Agustín. Además, entregaban su arte en los domicilios de Silvina Caveda, ubicado en San Agustín y San Gerónimo, y en el de Germán Michaelsen, en la calle Sagarra Baja.

"Cuando estaba en La Habana, los trovadores brindaban su arte en locales como el café El escorial, en Marina y San Lázaro; Vuelta abajo, en San Miguel y Consulado; La Verbena, en 41 y 30, Playa; en los Aires Libres del Prado, en La Diana, en la Plaza del Vapor y en el más renombrado, el Vista Alegre, donde Sindo trabó conocimiento con notables personajes y mantuvo amistad con Alberto Yarini, el proxeneta de lujo convertido todavía en leyenda, inmortalizado como un mito, a pesar de su turbia condición de explotador de mujeres en la zona de tolerancia del barrio habanero de San Isidro, aunque está muy cercano el centenario de su muerte.

"Sindo Garay le compuso una canción, que indica que lo inspiraba lo que tenía alguna importancia para él: el paisaje, la mujer, los hechos significativos de la historia o cualquier suceso cotidiano; por supuesto, también era lógico que tuviera en cuenta a un espléndido y generoso admirador, ya que según manifestaciones del trovador, Yarini le ofrecía bebidas excelentes y le depositaba en los bolsillos billetes de varias cifras.

"La canción que le regaló al chulo de categoría se titula Nada temas, la vida te sonríe. La letra no tiene la exquisitez acostumbrada de las obras de Sindo (la música no se ha podido localizar): Nada temas, la vida te sonríe, cuya letra dice: Sigue en pos de orgías y placeres, / pues las pobres mesalinas cada vez / raudal de oro vierten a tus pies. / En medio de tu vida de placeres, / cual si fueran traídos para ti, / más sinceros que besos de mujeres / son los consejos que te di.

"Sindo Garay vivió más de un siglo y fue un compositor notablemente fecundo. De sus obras se pueden mencionar, entre otras, Perla marina, Germania, El huracán y la palma, Mujer bayamesa, Los arrayanes, Las penas, Lo que es un beso, Clave a Maceo, A Cuba, Martí, Rendido ya, Adiós a La Habana, Los bayameses, Testamento lírico, Tardes grises, Amargas verdades, La baracoesa, Como mi vida gris, La tarde, Ojos de sirena, El beso, Guarina número 1, Guarina número 2, Retorna, Quelque fleur, Alguna flor o Cualquier flor y La alondra, entre otras".

La canción que Sindo Garay dedicó a la mujer bayamesa es la cuarta que a estas valientes cubanas le dedicaron en Cuba. Nadie mejor para aclararlo que el periodista Bladimir Zamora (Bayamo 1952-2016), en el artículo titulado Las bayamesas, publicado en 2003 en La Jiribilla.

De lo que se puede ver y escuchar en YouTube sobre Sindo Garay, he seleccionado aquellos videos que tienen un audio aceptable, aunque no siempre es buena la calidad de la imagen. Entre lo más novedoso descubierto, el video-karaoke de Los arrayanes, que por su nombre, Tran Thi Minh Phuong debe ser vietnamita, y a un hombre llamado Fausto Valdés, que supongo sea cubano, cantando Tardes grises en una sala de la Necrópolis Romana de Arlés, Francia.

Perla marina, por la soprano cubana Eglise Gutiérrez, y Perla Marina, por la cubana Rita Donte en un programa de la televisión mexicana.

La tarde, por Pablo Milanés con Cotán, El Albino y Compay Segundo; La tarde, por los españoles Silvia Pérez Cruz y el trío de Javier Colina; La tarde, por la francesa Marie Sigal, y La tarde, por el dúo compuesto por Pilar McCarthy, voz, y Amaia Izarzugaza, piano y voz, en un concierto en Rotterdam, Holanda.

Tardes grises, por la holandesa Maaike van Zetten, y Tardes grises, por la alemana Stella Ahangi.

Las amargas verdades, por Silvio Rodríguez, y Las amargas verdades, por el puertorriqueño Danny Rivera.

La bayamesa, por Roberto Faz y Roberto Espí con el Conjunto Casino, en una grabación de 1945, y La mujer bayamesa, por Benny Moré y el mexicano Lalo Montané, con imágenes de La Habana de los años 50.

Retorna, por Clara y Mario, famoso dúo cubano, y Retorna, por Los Embajadores, cuya nacionalidad no puedo precisar al existir con ese mismo nombre tríos o cuartetos en Cuba, Ecuador y Colombia.

Guarina, por Paquito D'Rivera, y Guarina, por el trovador cubano Manuel Argudín.

Probablemente en otras plataformas digitales se localicen más números de Sindo Garay (y ojalá que también de Manuel Corona). Pero en la búsqueda hecha en YouTube, a pesar de muchos videos no tiener calidad de audio e imagen y algunas interpretaciones vocales o en instrumentos no son profesionales, ha sido grato descubrir que medio siglo después de su muerte, tantas personas, cubanas o extranjeras, mantienen viva la música del autor de Germania, La alondra, Ojos de sirena, La vergüenza y Evangelina, dedicada a la patriota cubana Evangelina Cossío de Cisneros, entre otras.

Tania Quintero

Ver también: Historia de la canción La baracoesa, reportaje realizado´en 2016 por la televisión de Baracoa con motivo del 505 aniversario de la fundación de la Ciudad Primada.

lunes, 12 de junio de 2017

El 150 cumpleaños de Sindo Garay (I)


El pasado 12 de abril, se cumplieron 150 años del nacimiento de Antonio Gumersindo Garay García, más conocido por Sindo Garay, un hombre que se alfabetizó a sí mismo a los 13 años por una carta de una novia que no podía leer; que conoció a Martí y lo abrazó en Dajabón; se sentó en la piernas del mambí Guillermón Moncada siendo un niño, y ha influido en la canción cubana hasta hoy.

Sindo compuso unas 600 canciones, entre las que sobresalen Perla marina, La tarde, Mujer bayamesa, Retorna y Tormento fiero, que ha sido interpretada por Pablo Milanés; Compay Quinto y el tenor mexicano Fernando de la Mora, entre otros.

"Sus textos son profundos aún cuando se diga que muchas de sus canciones eran copiadas de almanaques de la época. Según algunos estudiosos, La tarde es una muestra de ello. Sindo ha dicho que Perla marina la escribió en pocos minutos cuando una manzanillera le pidió una canción. Los estudiosos suelen preguntarse cómo era posible que Sindo compusiera sus temas sin estudiar armonía. Es que este trovador tenía el don de la armonía y la entendía de manera natural. Otros hablan de influencias de Stravinski y de la ópera italiana: Il Trovatore, de Verdi, se estrenó a principios del sigo XX en Santiago de Cuba. Pero Sindo tenía la grandeza de su talento", escribieron en Sindo Garay o el modo de hacer palmas con canciones.

Los 150 de Sindo fueron recordados por Leonardo Despestre y en el patio-bar de los Estudios Areíto de la EGREM, en La Habana, lo homenajaron con un concierto vespertino.

En el post Sirique retorna a través de fotos olvidadas, publicado en este blog en 2016, pueden ver a Sindo Garay, en el documental La herrería de Sirique, realizado por el cineasta Héctor Veitía en 1966, cuando Sindo tenía 99 años y dos años antes de su fallecimiento, el 17 de julio de 1968.

En mi opinión, la biografía más completa sobre Sindo Garay es la de En Caribe, Aunque con imprecisiones, sugiero leer también la de EcuRed. La de Wikipedia es demasiado corta para una persona de una vida tan larga, variada y fructífera: además de músico y compositor, fue nadador, acróbata, trapecista y talabartero: un verdadero buscavidas cubano.

Durante su estancia en Santiago de los Caballeros, República Dominicana, conoció a Petronila Reyes, con la cual se casaría y tendría cinco hijos. Antes, había conocido a José Martí, a quien le dedicó Semblanza a Martí. De niño, fue enlace del coronel mambí José Maceo. En 2010, la compositora Marta Valdés comentó Memorias de un trovador, libro que la investigadora Carmela de León le dedicara al inmortal Sindo Garay.

Tania Quintero

Video: El documental Sindo o el olvido aparente fue realizado en el 2000 por un equipo de televisión de la provincia Granma. En YouTube había recibido menos de 500 visitas.

jueves, 8 de junio de 2017

Manuel Corona, el compositor que más canciones le dedicó a la mujer


Manuel Corona Raimundo nació en Caibarién, antigua provincia de Las Villas, el 17 de junio de 1880, aunque algunas fuentes indican 1887 como el año de su nacimiento. A inicios de la década de 1890 se trasladó a La Habana con parte de su familia.

En su primera juventud se ganó la vida como tabaquero. A inicios del siglo XX viajó a Santiago de Cuba, donde estableció relación con un grupo de trovadores que por entonces se llamaban 'boleristas': el bolero era el género de moda.

Hacia 1902, se reúne en el Hotel Colón, en la capital santiaguera, con los guitarristas, cantantes y compositores Pepe Sánchez, considerado el padre del bolero, Pepe Bandera y Manuelico Delgado, conocido como Dos Cabezas, entre otros. La primera composición de Corona, el bolero Doble inconsciencia -conocido en Yucatán y otras regiones del Caribe con el nombre de Falsaria- pronto adquirió popularidad.

Se popularizaron otras creaciones suyas en la primera década del siglo, entre ellas Mercedes, con la cual debutó en público la legendaria trovadora María Teresa Vera en 1911. Esta canción, fechada en 1908, fue la primera de una serie a la cual pertenecen Reverso de Mercedes, No es Mercedes y Última palabra a Mercedes, que partían de la letra de la original -en realidad eran sagas-, y fueron conocidas como “contestaciones”, práctica que inició Corona y que muy pronto siguieron otros creadores de la época.


Un ejemplo: Corona escribió Yoya y Contestación a Yoya. Y su canción La rosa negra, es la “contestación” de su famosa Longina, en la cual desdice con mano recia el apasionado retrato que antes había hecho de la “mujer virginal” que comparaba “con una santa diosa”. Las “contestaciones” a veces las escribía otro autor, como fue el caso de Merceditas, que a partir de la canción de Corona compuso Sindo Garay. Por su parte, Corona escribió “contestaciones” a Adiós a La Habana de Sindo y a Timidez, de Patricio Ballagas, entre muchas otras.

Durante décadas el ambiente de la trova cubana se dividió en dos grandes bandos: los partidarios de Corona y los de Sindo. Esta rivalidad artística –a veces muy enconada por la fogosidad de sus parciales– si bien produjo ataques y controversias, sobre todo dejó buenas canciones cubanas.

Hacia 1916, como guitarrista y voz prima, Corona fue integrante de un sexteto con Alfredo Boloña (marímbula y director) y la cantante Hortensia Valerón. Al parecer, fue el primero de los grupos soneros de este formato que realizó grabaciones fonográficas. Aparecen en catálogos de la firma Columbia aunque, según algunos estudiosos de la música popular cubana, hasta la fecha no se han localizado grabaciones.

Obras suyas formaron parte del repertorio de la mayoría de 'cantadores' y 'tocadores' que grabaron discos hasta entrados los años 20, cuando se implantó el sistema eléctrico de grabación. En el temprano 1913, Floro Zorrilla graba Mercedes, Fela, y La Adriana, entre otras obras de Corona, y en 1915, Tu pecho y mi alma, Las flores del Edén, y Amparo. En el mismo año, Juan de la Cruz grabó Santa Cecilia, un clásico del cancionero popular cubano.


Desde los albores de la fonografía comercial en Cuba, Manuel Corona comenzó a tomar parte en grabaciones fonográficas como guitarrista acompañante, y en menor medida, como cantante. Curiosamente, ya fuera como intérprete o como autor, grabó mayor cantidad de guarachas y rumbas que piezas sentimentales.

Entre sus primeras obras registradas fonográficamente a partir de 1917 se encuentran Dónde está el dinero, Lo jugué, Arrollar en carnaval, Qué malas son las mujeres, Capricho de Corona y Linda Mulata. Por esos años grabó con Armando Viañez, Pancho Majagua y José Castillo. En aquellos años, Corona mandó a imprimir un folleto (cancionero) con un grupo de sus obras más gustadas con la ayuda de un músico amigo que las llevó al pentagrama: este cuaderno contribuyó notablemente a la difusión de sus canciones dentro y fuera de Cuba.

Señalan algunos estudiosos que su estilo de componer estuvo influenciado por Patricio Ballagas, uno de los más injustamente olvidados creadores musicales cubanos, al que se atribuye el haber transformado el estilo de la trova, dotándolo de riqueza armónica e introduciendo recursos contrapuntísticos.

Su intérprete más fiel y constante fue María Teresa Vera, quien a partir de 1916, cuando grabó Popurrí de los vendedores, con Rafael Zequeira, no sólo llevó al disco canciones y guarachas de Corona, sino que logró que éste participara en varios de ellos. En la larga lista de las creaciones de Corona que grabaron María Teresa y Zequeira destacan Longina, El 10 de Octubre, La aurora, Animada, Mis lamentos a mi guitarra, Doble inconsciencia, Contestación a timidez, Mis lágrimas,, Tu alma y la mía, Las glorias de mi vida, Acuérdate de mí, Déjame tranquilo, Amelia y Rayos de plata (contestación a Rayos de oro, de Sindo Garay).

En algunas etiquetas de sus discos, su crédito, de autor, voz o guitarrista, aparece con el nombre José Corona o J. Corona, lo cual se atribuye a que había firmado contrato de exclusividad con otra firma discográfica.

Aunque cantaba tanto voz prima como voz segunda –el característico dúo interpretativo de la canción cubana de la época– sus contemporáneos apreciaban en especial la originalidad de su voz segunda, que exige un cabal dominio de la armonía al escoger los acordes más apropiados para acompañar la voz prima, responsable de conducir la melodía.

En el repertorio de Corona destaca la acertada relación entre las melodías ricamente armonizadas con las letras de sus canciones, algunas escritas por poetas muy populares de la época como Hilarión Cabrisas. Fue el caso de Para que te recuerdes de mí, aunque la mayoría suelen atribuírsele al compositor.

Es el autor de la trova cubana que mayor cantidad de canciones llevan nombre de mujer: un total de ochenta.


Unos de sus boleros más conocidos, Aurora –combinado con el estribillo sonero "Cabo de la guardia siento un tiro"– fue uno de los primeros grandes éxitos del Sexteto Habanero en 1925, cuando comenzaban a hacer furor los discos de este grupo en Cuba y otros países del área del Caribe.

En la década de 1930, Manuel Corona fue el compositor cubano más prolífico, sólo comparable a Alberto Villalón. Su amplísimo catálogo es pródigo en guarachas de corte costumbrista en las cuales se comentan sucesos de actualidad de manera jocosa y se retratan tipos populares con trazos pícaros, como Aguanta un poco, Pobre Liborio, El servicio obligatorio, Record de un año, Acelera, Ñico, acelera, El volumen de Carlota, Las envanecidas, Mis viajes a Pogolotti, Quedan las butifarras, Debajo de la cama hay gente, Nicanor en lata, Cantor de bohemia, Ay, motorista, qué horror, Parte el alma, Se rompió la máquina, Se acabó la choricera, Bartolomé y la viuda, El güin de Serafín y Las mulatas de Bombay.

A finales de los años 20, en una riña callejera, Corona se había lesionado la mano izquierda y desde entonces sus recursos como ejecutante de la guitarra se vieron limitados. Con la decadencia en la popularidad de los trovadores –primero por el auge alcanzado por los sextetos y septetos, las jazz bands y luego los conjuntos–, desaparecieron muchas posibilidades de trabajo para los cultores de la canción cubana tradicional, salvo contadas excepciones.

La mayoría de los trovadores, aún los que gozaban notoriedad, desempeñaban diversos oficios para ganarse la vida (Rosendo Ruíz y Pepe Sánchez eran sastres y tenían la música como una ocupación secundaria). Corona era un bohemio impenitente. Desde su juventud había decidido dedicarse a la música exclusivamente con el constante acarreo de múltiples dificultades.

La penuria económica lo acechó siempre de muy cerca. Mientras pudo, actuó en cafés, bodegas, fiestas y reuniones en casas particulares que apenas le proporcionaban para comer. Su salud se deterioró y dependía cada vez más de la ayuda de algunos amigos. En una entrevista con el musicólogo Odilio Urfé confesó que a lo largo de toda su vida sólo había ganado unos doscientos dólares por concepto de derecho de autor pues su música se encontraba sin registrar editorialmente.

El 9 de enero de 1950 Manuel Corona fallecía en una caseta situada tras el bar Jaruquito, un tugurio de la playa de Marianao donde lo habían acogido por caridad. Poco antes, el gobierno le había conferido, junto con una medalla de reconocimiento por su obra, una pequeña pensión. Corona no logró asistir a la ceremonia de otorgamiento en el Palacio Presidencial por haberse detenido y puesto a beber en una barra cercana. Su sepelio corrió a cargo de un grupo de compositores cubanos.

Con Sindo Garay, Alberto Villalón y Rosendo Ruíz, Corona integra el grupo de los Cuatro Grandes de la Trova Cubana.

Las Hermanas Martí –Berta y Amelia, dúo de voces y guitarras especializadas durante muchos años en la canción tradicional– a inicios de 1970 le dedicaron un disco, Antología a Manuel Corona (LP Areito 3343).

Otros intérpretes destacados de sus canciones han sido Barbarito Diez y la orquesta de Antonio María Romeu, María Teresa Vera con Rafael Zequeira o Lorenzo Hierrezuelo, Abelardo Barroso y la orquesta Sensación, Pablo Milanés y El Albino, Beatriz Márquez, y Kike Corona con el CD Corona canta a Corona que ha sido remasterizado.

Tomado de En Caribe, enciclopedia de historia y cultura del Caribe.

Aclaración: En You Tube apenas se localizan videos con calidad de imagen y audio, de cantantes cubanos o extranjeros, interpretando temas de Manuel Corona. De los pocos encontrados, seleccioné cuatro: el primero con Ivet Curbelo en Longina; el segundo con Norge Batista en Mercedes; el tercero con Pablo Milanés y Silvio Rodríguez en Santa Cecilia y el cuarto y último con Ismael de la Torre en Aurora (Tania Quintero).



lunes, 5 de junio de 2017

Manuel corona sin interferencias




Tras más de veinte años yendo a su tumba en peregrinación, el 9 de enero hizo 67 años que, como los pájaros frágiles de la poeta matancera Digdora Alonso, este compositor caibarienense, ilustre y sencillo, se volviera también un golpe de “aire, luz, color y música”.

En un inhóspito cuartucho situado al fondo de un bar de mala muerte en Marianao, entre la más injusta y desoladora de las miserias que devora a los grandes artistas inválidos ya del arte -sus únicas armas- murió Manuel Corona (Caibarién 17 junio 1880-La Habana 9 enero 1950), ‘insiliado’ y ausente del pueblo costero que lo arrastró al mundo, donde antaño compuso armonías para la posteridad.

El hecho fue noticia dolorosa de un día, porque pronto solo quedó vivo en el recuerdo de los viejos amigos, admiradores e intérpretes incontables de sus melodías, las que por fortuna sobrevivieron en memoria del creador.

Como de costumbre, la trova moderna rinde homenaje a sus precursores repetidas veces -cuando hay presupuesto disponible a lo largo y estrecho del caimán-, especialmente la muy reconocida santaclareña, que acude hasta su lápida en el cementerio local durante cada aniversario de enero desafiando el tiempo.

Esta cofradía de jóvenes talentos que desde los años duros del período especial se organizó espontáneamente en torno a una guitarra compartida cuando la conjuntivitis hemorrágica asolaba al país, se parangonó como La Trovuntivitis, es decir, mal que al final alcanza la cura y nos devuelve la visión.

En la noche del 8 de enero tuvo lugar el habitual concierto clausura de la jornada local al pie del monumento a Martí en el Paseo que lleva su nombre, con la inclusión de algunos invitados y fundadores. Entre las novedades de este año, la cantautora catalana Silvia Pérez Cruz estuvo por primera vez en el Festival Longina, en el Teatro La Caridad, donde el coterráneo Javier Ruibal ya ofreció allí su música en el ámbito provincial.

Nombres como Yaíma Orozco, Leonardo García, Rolando Berrío, Raúl Marchena, Alain Garrido, Miguel Angel de la Rosa, Yordan Romero, Karel Fleites, Yatsel Rodriguez, Michel Portela, Irina González, Yunior Navarrete y otros bisoños competentes, nos han visitado y cantado a una voz sus arreglos ocasionales, en un programa que hospeda Santa Clara, y que nos regala una tarde-noche con los poetas consagrados de las cuerdas.

Los municipales consideran que -por derecho- este espacio les correspondería mejor en la organización anual. Pero sabemos cómo funciona la burocracia nacional si de otorgar espacios elitistas se trata. Sobre todo si se tiene en cuenta el estado desastroso de nuestras instalaciones culturales.





Manuel Corona fue uno de los conocidos como los cuatro grandes de la canción trovadoresca cubana, junto a los tres brillantes santiagueros Sindo Garay (La tarde, Perla marina, Mujer bayamesa), Alberto Villalón (Boda negra, La palma herida, Me da miedo quererte) y Rosendo Ruiz (Falso juramento, Confesión, Presagio triste), aunque quizá de entre todos ellos, sea nuestro compatriota de Caibarién quien más perviva a través de algunas liricas, coreadas por generaciones que le idolatraron.

Las mismas generaciones que conservan el encanto y la emoción de las viejas postales: Mercedes, Aurora, Santa Cecilia y de manera muy especial la popularísima Longina escrita en 1918 cuando conoció abrasadoramente a Longina O’Farrill.

Nombres hermosos de mujeres que nos habría gustado conocer, y descubrir qué de ellas deslumbró a nuestro Manuel para hacerlas trascender al verso, el pentagrama y la eternidad serena a todas juntas. Como un harem colmado de sonora felicidad.

Estamos seguros de que habría escrito hoy también una Roxana, que no fuera al estilo roquero del grupo Toto ni a la falsa melancolía de un Silvio R, quien escribió una homónima, pero con s, de haberse el bardo topado viva a esa ruso-cubana que hoy habita en el terruño y le recuerda a menudo en sus presentaciones.

Mientras en el cementerio bajo la batuta de la banda municipal evocaban la estelar melodía, en la puerta de entrada empedernidos románticos indiferentes a la solemnidad del sitio y al evento mismo, subidos a un colorido bicitaxi a la caza de pedestres, sonaban a rajar en sus bocinas el himno heredado en el país del año recién concluido: Hasta que se seque el malecón. Reggaeton "poético" como no hay dos, nominado hasta un Grammy de la música latina.

Nos quedamos pensando, hartos de la calamidad auditiva por todas partes: ¿querrán esos muchachos desde el honesto fondo de sus almas, a diferencia de los trovadores que nos visitan ofreciendo veneración al maestro en su aniversario, irse en masa pa´llá y a pie? ¿A luchar su premio también?

Quizá la justicia cultural triunfe un buen día, cuando la libertad regrese plena a Cuba y podamos seguir recordando a Manuel Corona sin interferencias inexcusables. Y quienes lo deseen, puedan hacer su bulla donde prefieran, sin destruirle el tímpano a nadie.

Texto y fotos: Pedro Manuel González Reinoso
Cubanet, 10 de enero de 2017.

jueves, 1 de junio de 2017

Los Zafiros, una historia familiar


“Miguelito, hay unos extranjeros que quieren hacer un documental de nosotros”, le dice un día Eduardo Hernández, El Chino de Los Zafiros, a Miguel Cancio. Poco tiempo después, la televisión cubana exhibía un documental que contaba cómo Ignacio Elejalde había muerto en 1981 de una hemorragia cerebral, El Chino vivía alcoholizado en La Habana y el otro sobreviviente había emigrado de Cuba en 1993. Era el documental Herido de sombras.

“Para mi padre fue muy doloroso ese material –dice Hugo Cancio, el mayor de los cuatro hijos de Miguel– sobre todo porque cuando El Chino le dijo aquello, él pensó que le estaba mintiendo, que eran delirios de su embriaguez. Se sintió muy mal también porque el documental no le hacía justicia a la carrera de Los Zafiros. Recuerdo que le dije: No te preocupes, yo iré a Cuba y haré un documental que muestre la otra cara de la moneda”.

Ése fue el inicio de Zafiros, locura azul (1ra.  y 2da. parte). La película que evolucionó luego a un largometraje con actores dirigidos por Manuel Herrera comenzó como un compromiso de Hugo con su padre por reseñar la historia de un fenómeno musical arrasador en la Cuba de los 60: Los Zafiros.

Estrenado en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana en 1997, el filme fue un suceso de taquilla ese año. Ganó el premio de la popularidad del evento y se mantuvo durante ocho meses en cartelera.

Al cabo de décadas, resonaban las canciones de aquel cuarteto vocal y un guitarrista que irrumpieron en la escena cubana dos años después del triunfo revolucionario, mezclando bolero, doo wop, bossa nova y rock, con influencia de grupos estadounidenses como The Platters.

A 20 años de la película y 56 de la fundación del grupo, Miguel Cancio, el único integrante vivo del grupo, radicado en Miami desde 1993, cuenta emocionado la historia de Los Zafiros, sus aciertos y lo que terminó con ellos.

¿Cómo se conocieron Kike, Miguel, Ignacio y El Chino? ¿Y cómo llegan a ser Los Zafiros?

-Yo conocía a Kike, el tío de Hugo por parte materna, y sabía de sus dotes musicales. A veces nos reuníamos y hacíamos nuestras descargas. Un día me llama para que escuchara una voz por teléfono. Del otro lado cantaba Ignacio y me quedé fascinado. Entonces fui enseguida hacia donde estaban. Le pregunté si tenía algún otro amigo que cantara y me habló del Chino. Al día siguiente se apareció con él y me impresionó muchísimo también cuando lo oí. Recuerdo que el tema de prueba fue Herido de sombras, de Pedro Vega.

-Luego vino la cuestión de qué nombre ponerle al grupo. Nos reunimos para pensar en eso en un bar que yo frecuentaba mucho, al costado del cine Astral. No recuerdo si fue Kike o Ignacio quien propuso Los Faquires. A mí me pareció ilógica la idea de cuatro mulatos con turbantes en el Trópico. Pensamos también en gemas pero casi todas estaban cogidas por cuartetos y grupos como Los diamantes. Entonces yo llevaba puesta una sortija y El Chino me pregunta de pronto qué piedra era. Le dije: un zafiro, ¿por qué? A todos nos gustó el nombre. Y así comenzamos a llamarnos.

Luego de tantos años de popularidad en Cuba y el extranjero, ¿qué provocó la disolución del grupo en 1975?

-En primer lugar éramos cuatro personas con caracteres diferentes, lo cual afectaba en ocasiones, aunque no tan gravemente como para que el grupo se disolviera. Siempre superábamos esas situaciones. Éramos personas muy alegres y humildes, a pesar de la popularidad que alcanzamos. Nosotros cantábamos lo mismo en un solar que en un cabaret. Salimos de los barrios y allí siempre volvíamos. Creo que, aparte de que gustáramos por el trabajo vocal, la gente nos seguía por nuestra forma de ser.

-Uno de los hechos que más influyeron en el declive del grupo fue la cancelación de una segunda gira que teníamos por la antigua Unión Soviética. Eran cuatro meses con actuaciones junto a Los Papines, Rosita Fornés y otros artistas, en Polonia, Checoslovaquia, Bulgaria, Hungría y Alemania. Consideramos que iba a ser muy fatigoso para nosotros y renunciamos a continuar aquel tour.

-Inmediatamente nos mandaron para La Habana y cuando llegamos al aeropuerto nadie nos esperaba. Ahí vino la debacle, el tranque en la televisión y en la radio. Durante mucho tiempo nos 'cortaron la luz'. Eso creó descontento y decepción entre nosotros. Y el recurso que apareció fue el alcohol, el único vicio de mis compañeros.

-Después tuvimos otro período de actuaciones en cabarets, hasta que Manuel Galbán, el guitarrista y director musical entonces, decidió abandonar el grupo. Yo quedé otra vez como director, pero después lo dejé también porque ya las cosas no funcionaban como antes. Ellos siguieron cantando y yo pasé a trabajar al Centro de Contrataciones Artísticas. Luego me fui a cantar a Camagüey como solista hasta que en el 80 tuve que abandonar la música.

Ese año, Miguel autoriza a sus dos hijos mayores a salir por el puente marítimo del Mariel. Después de eso lo expulsaron del trabajo y quedó desvinculado de la institucionalidad cultural. Cuando ya ambos vivían en Estados Unidos, en una carta le escribe a Hugo: “No te preocupes, hijo, podrán haberme expulsado de la cultura, pero nadie me quitará el sentir de artista. Estoy poniendo ladrillos y me voy a trabajar todos los días con mi traje de tres piezas”.


No es hasta 2001 que Miguel Cancio regresa a Cuba para la grabación del documental Los Zafiros: Music from the edge of time, de Lorenzo DeStefano, donde se interpretan más de cuarenta canciones. La idea era que los únicos dos integrantes vivos contaran en La Habana la historia del grupo: un testimonio a dos voces entre Cancio y Manuel Galbán.

-Ese reencuentro con Cuba fue más emocionante que la película y que el mismo documental. La acogida de las personas en el barrio de Cayo Hueso y en todos los lugares por donde pasamos fue fantástica. Ninguno de nosotros pensó jamás que tendríamos esa repercusión tan grande en el corazón de nuestro pueblo.

-Existían también en Cuba los nuevos Zafiros. Allá en el Parque Trillo compartimos con ellos y cantamos Un nombre de mujer, más conocida como Ofelia. De ese viaje fue muy emocionante también la visita al cementerio y a la tumba de mis compañeros. Quizás algunos hayan tomado la explosión de la botella como un agravio, pero fue un impulso mío por el dolor y la rabia que sentía por la bebida que había acabado con las vidas de Kike y El Chino.

Los Zafiros fueron una historia familiar. La del padre de Hugo Cancio y su tío Leoncio Morúa, Kike, el hermano de su mamá. Y es también la de su abuelo materno, pagando los primeros vestuarios del cuarteto y llevándolos a cantar al Hotel Oasis de Varadero. “Los Zafiros surgieron en mi casa, cuenta Hugo, presidente de Fuego Enterprises y fundador de OnCuba Magazine. Es una historia muy personal”.

¿Cómo ha sido ser hijo de un Zafiro y crecer con toda esa influencia musical?, le pregunto a Miguel.

-No fue una relación normal padre e hijo. Tengo recuerdos de mi padre preparándose para ir al cabaret con Los Zafiros. Por mi casa en Varadero pasaban los grandes artistas cubanos cuando iban de visita y terminaban allá las descargas. Después de la separación con mi madre, recuerdo que él iba todos los meses a Varadero a vernos y también porque Los Zafiros tenían un espectáculo en el Hotel Internacional de Varadero, llamado Me caso con una sirena, con Armando Bianchi y Rosita Fornés. Tengo esos recuerdos muy vivos.

-Vengo de una familia musical. Mi madre canta, mi tío Lázaro Morúa estaba en los Van Van. Por el lado materno mi abuela tuvo siete hijos. Todos le prometieron ser médicos y todos dejaron sus carreras universitarias para incursionar en la música. Entonces, a pesar de que desde los 8 años leo música y toco percusión (ya se me olvidó leer música), nunca me dediqué a la música por esos curiosos consejos de mi abuela, que me decía todas las mañanas cuando me llevaba a la escuela: “Estudia para que no tengas que ser artista”.

¿Cómo acompañó luego tu vida la música de Los Zafiros?

-La verdad es que durante mi juventud yo era alérgico a la música cubana, con excepción de Los Zafiros. Crecí en Varadero con toda esa influencia del turismo donde se escuchaba la televisión y las estaciones de Estados Unidos en la casa, así que estaba muy permeado por Los Bee Gees, Los Beatles, Donna Summer y toda aquella música de mediados y finales de los 70. Yo era un pepillo, como se diría en aquel entonces, con un diversionismo ideológico tremendo desde el punto de vista cultural.

-Entonces la música cubana no era parte de mi día a día. Sin embargo, Los Zafiros siempre estuvieron ahí. Mi inclinación por la música cubana surge después de mi partida y la primera vez que regresé a Cuba. Mi vida dio un giro de 180 grados y desde ese momento Cuba se convirtió en prioridad. Comencé a promoverla como país, destino, potencia cultural; gestión que aún continúa.


¿Cómo llegas a producir un filme sobre Los Zafiros? ¿Y cuán difícil fue lograr eso para un cubanoamericano en el contexto político de los años 90?

-Empecé a venir a Cuba a buscar material sobre Los Zafiros en la televisión cubana para hacer un documental. Un incidente hizo que la obra pasara a ser una película. Después de algún tiempo de recopilación de información, llegué nuevamente a Cuba y prácticamente me expulsaron del ICRT. Me dijeron que Enrique Román ya no era el presidente, el nuevo directivo había decidido que Los Zafiros eran patrimonio nacional y yo no tenía nada que buscar allí.

-Ya existía la Dirección de Asuntos Consulares y Cubanos Residentes en el Exterior cuyo director era José Ramón Cabañas. Me presenté ante el Ministro de Relaciones Exteriores, Roberto Robaina, y le comenté la idea de hacer una película –y usé la palabra película en lugar de documental– sobre la historia de Los Zafiros. Entonces me conectaron con el ICAIC, con el Ministerio de Cultura y se fue repitiendo en esos lugares el término película hasta que terminamos haciendo eso: un filme que me costó casi un millón de dólares.

-No me arrepiento de ese gasto a pesar de que nunca la comercialicé. Jamás salió en video ni se exhibió en ninguna sala de cine de forma comercial. El valor sentimental que le puse a ese proyecto me impidió vender sus derechos. Era una época difícil donde no existía intercambio entre Cuba y Estados Unidos. Lo que hicimos fue una combinación de riesgo premeditado y total ingenuidad.

-Dije: lo voy a hacer porque tengo el derecho, es mi país, mi cultura, la historia de mi padre, y con esa convicción continuamos el proyecto. Fue la primera película realizada de manera independiente al ICAIC. Los acuerdos se hicieron con RTV Comercial que estaba recién creado y al ICAIC se le compraron servicios.

¿Cómo fue la premier del filme en La Habana? ¿Sintieron que Los Zafiros todavía eran parte del imaginario de los cubanos?

-Siempre pensé que la película sería un fracaso en Cuba, porque la gente no se acordaba de Los Zafiros, los jóvenes escuchaban otra música. Y me emocionó tanto llegar al cine Payret aquella tarde para la primera presentación de la película y ver diez o doce cuadras de cola, que me eché a llorar como un niño. Fue un fenómeno inesperado, de pronto los niños en las calles empezaban a hacer las coreografías de Los Zafiros. Entramos al cine y, como hicimos después durante dos años presentándola en diversos festivales del mundo, nos sentamos al final para ver la reacción del público.

-Sin duda es uno de los proyectos más hermosos que he hecho en mi vida. Ganamos el premio de la popularidad ese año en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y también muchos otros en el extranjero. Es una obra de mi propiedad, cien por ciento independiente, pero a petición de las autoridades cubanas después doné los derechos de distribución de la película en el territorio nacional.

-Eso fue increíble. En aquel entonces una de las películas más taquilleras en la historia de Cuba.

Le pregunto a Miguel qué significa todavía hoy Locura azul para él: “Esa película para mí representó mucho, por supuesto. Son recuerdos muy importantes, porque mis compañeros eran para mí como hermanos. Creo que nosotros nacimos para cantar y la vida nos unió. Eso estaba escrito. No nos conocíamos y cuando nos encontramos fue una conexión inmediata. El filme logró resumir el espíritu del grupo y eso es lo más importante”.

¿Cuál es la parte que más te emociona?

-El arreglo del número Habana que aparece al final con imágenes de El Morro es impresionante. Si lo veo otra vez, se me salen las lágrimas.


Leyda Machado
On Cuba Magazine, 30 de marzo de 2017.

Ver fotos en el texto original.