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lunes, 22 de mayo de 2017

La Burke canta, siempre


Cuando ganó el concurso de una estación de radio habanera en 1943 algunos oídos atentos quizás pudieron advertir, con cierto estremecimiento, que había llegado una criatura singular al canto en Cuba. No se trataría de una más entre las “estrellas nacientes”, la mayoría de trayectoria más bien momentánea.

Aquella mulatica espigada, dueña de inesperados graves, venía a aportarnos una manera distinta, profunda, de entender letra y melodía. Esa vez cantó un tango del repertorio de Libertad Lamarque: Caminito que el tiempo ha borrado / que juntos un día nos viste pasar y aunque en dos oportunidades anteriores “le habían sonado la campana” a la tercera fue la vencida: nadie ha dicho que los destinos artísticos brillantes comienzan necesariamente con un vergel florido.

A propósito de brillos: en varias fotos de los años 40 aparece con una trusa de satén de dos piezas, está en México con Celia Cruz y Vilma Valle en los días iniciales de las Mulatas de Fuego. Después asoma de rumbera en otra foto –pareja del genial Litico (inauguraron bailando el cine-teatro Warner, actúan en el Fausto, en el Payret)– y uno se pregunta: ¿pero cómo es que la contratan para bailar y no la ponen sólo a cantar con ese vozarrón de maravilla?

Lo comenté con César Portillo de la Luz: “aún no era el momento para las cancioneras, el repertorio sentimental en Cuba aún era cosa de hombres: René Cabell, Reynaldo Henríquez, los cantantes de conjuntos, como Faz y Espí y antes, el mismísimo Miguelito Valdés que desde 1938 ya cantaba ‘cosas’ de René Touzet y de Juan Bruno Tarraza”.

Reviso montones de discos de las cantantes populares de entonces: afro, pregón, rumbita, guaracha… Olga Guillot no consiguió convertirse en un suceso de victrola hasta 1954 con la jazzband Hermanos Castro y un bolero de Chamaco Domínguez: Miénteme, disco que abrió puertas para otras intérpretes cubanas de lo romántico. En este caso, del bolero-bolero.


No solo distingue a Elena su voz de contralto, de generosa extensión y hermoso timbre, también su sentido rítmico y un especial gusto para enfrentar los géneros más diversos. Por eso fue solicitada para integrar los mejores grupos vocales de la época -Facundo Rivero, Orlando de la Rosa, el prodigioso cuarteto Las D’Aida- hasta que en el umbral de la década de 1960 inició una carrera como solista, dueña plena de un estilo de interpretación -un personal mood- que le mereció un epíteto monárquico: Su Majestad.

Su disco La Burke canta transcribe el ambiente íntimo de los clubes del Vedado donde actúa por esos años con el piano de Meme Solís. Canciones entonces muy recientes de Ela O’Farrill, Marta Valdés, Vicente Garrido, René Touzet o del propio Meme Solís, junto a Corazón, de Sánchez de Fuentes, Idilio, de Augusto Tariche o Ebb Tide, de Robert Maxwell y Carl Sigman, encuentran en su voz una textura inédita, una tremenda hondura. Bola de Nieve comentó que Elena “había inventado cantar con feeling”.

Los hermanos Álvarez Guedes, dueños de la pequeña disquera Gema habían propiciado que entre 1957 y 1958 grabara Con el calor de tu voz, respaldada por una orquesta de lujo conducida por Rafael Somavilla: Libre de pecado, de Guzmán; Mil congojas, de Juan Pablo Miranda; Anda dilo ya, de Ernesto Duarte y Juguete, de Bobby Capó, se reúnen con un par de canciones de muchachos del Feeling -Portillo de la Luz y Eligio Valera; boleros de los mexicanos Ruíz Armengol, María Grever y un divertimento con aire de fox de su compadre Frank Domínguez, El hombre que me gusta a mí. Eso ya fue entrar por la puerta grande.

En su libro Música Cubana: del Areyto al rap cubano (edición de 2003), Cristóbal Díaz Ayala razonó que a Elena, “porque es la primera figura del canto cubano”, le hubiera favorecido haber encontrado competencia real en su carrera. Y aunque no le falta razón a don Cristóbal lo cierto es que por más de medio siglo imprimió un original sello a grandes canciones –no pocas fueron escritas por sus autores pensando en su voz–, y también dignificó piezas simples que de otro modo hubieran sido olvidadas sin remedio. En los años 80 había confesado a Mayra A. Martínez: “no temo a nada que venga encerrado en una letra y una música”. Por eso cantó de todo.


Fue intérprete temprana de los jóvenes Pablito Milanés : Mis 22 años y Para vivir; Silvio Rodríguez: Un buen día quizás un barquero, Te doy una canción y Hay un grupo que dice; Juan Formell: De mis recuerdos, Lo material y Y hoy te quiero más; Mike Porcell, Martín Rojas, Amaury Pérez, Noel Nicola… hasta Raúl Torres de quien cantó Nítida fe y Se fue a dúo con Pablo en un concierto memorable en la Cinemateca.

No actuaba una canción, se entregaba a ella. Ahí están sus interpretaciones de Tú mi rosa azul, de Jorge Mazón; Duele, de Piloto y Vera; Aquí de pie, de Fernando Mulens y Olga Navarro; Me faltabas tú, de José Antonio Méndez; Canción de un festival, de Portillo de la Luz; Persistiré, de Rubén Rodríguez y En nosotros, de Tania Castellanos. O su versión de Nostalgia, de Cobián y Cadícamo, y Por si vuelves y En la imaginación, de Marta Valdés -de quien tanto cantó-, por mencionar aquí solo unas cuantas grabadas.

Continuó 'pegando' números en la radio uno tras otro mientras se aproximaba a una edad venerable: De lo que te has perdido, de Dino Ramos, Pido permiso, de Alberto Vera o Amigas, también de Vera, con Omara y Moraima; Son al son, de César Portillo de la Luz con la Orquesta Aragón, Ámame como soy, de Pablo, tema de Una novia para David, de Orlando Rojas, película en la que aparece llena de risa con una divertida peluca rubia.

Años después de haber celebrado sus cinco décadas en el canto 'pega', entre otros, con temas como Aburrida, de Concha Valdés Miranda y La bruma, de Efraín Ríos: Pero yo sigo cantándole a la bruma, yo que a veces grito y nadie escucha. Sus imitadores e imitadoras están condenados de antemano a la caricatura: el modo Burke es personal e intransferible.

“Es un animal musical, definitivamente” dijo, como para sí, Enriqueta Almanza mientras salía del estudio 1 de la calle San Miguel tras acompañarla en la muy difícil Tú y mi música, de Niño Rivera, sin ensayo, en una sola toma, durante una de sus últimas sesiones de grabación en las que tomaron parte Tata Güines en la tumbadora y Felipe Valdés en la guitarra.

En aquellas dos tardes dejó registrados una veintena de tracks: algunos de sus boleros favoritos de José Antonio Méndez, Pepé Delgado, Silvia Rexach, Agustín Lara, Vicente Garrido, Rafael Hernández y Marta Valdés: Hay todavía una canción alborotando el curso de mi pensamiento / Hay todavía una canción precipitando acciones, reclamando tiempo… Fue el inicio de una hermosa despedida.

Un periodista la bautizó Señora Sentimiento, y así continúa llamándola un público integrado por al menos dos generaciones. Te extrañarán las raras armonías, le dijo Ela O’Farrill en la canción que dedicó a su memoria. Portillo y Marta escribieron también sendos boleros en su homenaje.


Hace algún tiempo a un amigo poeta escuché la siguiente profecía: “Sé lo que espera cuando me vaya de Cuba, trabajar como un loco para tener todo lo material que aquí no me es posible y los domingos lloriquear un poquito sobre el arroz congrí mientras oigo un disco tremendo de Elena Burke”. En camiones de mudanza o carga, incluso en bicitaxis, se puede encontrar de vez en cuando un letrero que dice: “Ámame como soy”.

Es fecha dichosa cuando algún cubano de cualquier lugar descubre una grabación suya más o menos desconocida, en vivo o en estudio, no importa de cuándo, quién la acompaña ni de qué se trata. En estos días finales de febrero, en su cumpleaños 89, La Burke canta especialmente para uno, siempre.

Sigfredo Ariel
On Cuba Magazine, 8 de febrero de 2017.

Videos: Las cuatro canciones forman parte de la segunda versión del álbum Elena Burke De lo que te has perdido (la primera es de Fonomusic, España, 1985 y la segunda de Polydor, México, 1988), que también incluye estos otros temas: De lo que te has perdido; Para gastarlo contigo, Amor en festival, Lo que yo te amé, Si vieras, Yo no soy tu amiga y Llora.

Escuchar el disco La Burke canta, con Meme Solís al piano (Producciones Gema, La Habana 1959). Elena Burke grabó una treintena de discos, como solista o acompañada, entre ellos A solas con Elena Burke (Areito, 1964), con 12 canciones (Bellos recuerdos, La dulce razón, Canta lo sentimental, Aquí de pie, Cuando pasas tú, La sentencia, Presiento que te perdí, Canción de un festival, Duele, Ese hastío, Me atrevo a jurar y Por si vuelves). El último habría sido Cómo fue, un CD del 2000, con los siguientes números: Cómo fue, Siempre en mi corazón, Un mundo raro, Babalú, La puerta, Si me comprendieras, Delirio, Todo y nada, Ya no me quieres, Toda una vida, Que me importa, Amor que malo eres, Confidencias de amor, Un poco más, Albur, Por qué negar y Cenizas.

Ver el documental Y me gasto la vida y las fotos de Elena Burke en el texto original.

Leer también: Recordando a Elena Burke.

jueves, 18 de mayo de 2017

Las bodas "vintage" están de moda en Cuba



Organizar una boda 'vintage' en la exótica Habana Vieja o ajustar la complicada logística de una ceremonia en la playa ya no es problema en Cuba: una variada oferta privada de organizadores de eventos se encarga de hacer realidad casi cualquier deseo, algo impensable hasta hace solo unos años.

En Cuba, las bodas no se suelen planificar con años de antelación y muchos prefieren convivir "sin firmar" para evitarse los gastos de las celebraciones en un país sobre el que se cierne casi de manera constante el fantasma de la crisis económica.

Sin embargo, esa mentalidad "ha comenzado a cambiar", cuenta Zaylhi Linares. Ella regenta D'Evento, una empresa familiar en la que también participa su hija Desireé y que brinda más de una docena de servicios para novios y quinceañeras, algo muy atractivo frente a la escuálida oferta estatal, más barata, pero de menor calidad.

"Tenemos mucha competencia, antiguamente eran cuatro o cinco grupos en este mercado. Ahora son más y eso es bueno, porque nos invita a desarrollarnos más, a crecer", señala esta comunicadora de profesión que eligió el camino de la coordinación de eventos de manera fortuita.

Cuando le tocó festejar los "quince" de su hija, Zayhli notó que todos los servicios se ofrecían de manera dispersa y se dio cuenta del filón que ofrecía esta área, casi desconocida en Cuba, situación que ha cambiado "tremendamente" tras la aprobación en el país de varias licencias de trabajo "por cuenta propia" en 2012.

"La evolución de estos servicios que brindamos coincide con la apertura del país y la posibilidad que se le da a las personas de emprender, de dar rienda suelta a sus ideas", afirma la empresaria, que insiste en que "no hay nada banal" en lo que hace.



Tras las reformas impulsadas por el gobierno cubano, Mónica dejó su trabajo como cajera en una tienda y bajo el nombre de Miss Mónica Eventos comenzó a hacer el trabajo "para el que nació y se le daba muy bien".

"Siento que cada vez que trabajo con unos novios, soy yo la que me vuelvo a casar. Trato de establecer una relación especial con ellos y si lo desean nos ocupamos de todo, desde la ceremonia, la fiesta y la luna de miel", asegura Mónica mientras no deja de dirigir el montaje del salón donde horas después se ofrecerá un banquete. Para ella, el secreto está en trabajar en conjunto y tratar de hacer "magia" para encontrar "lo que hay y lo que no hay" en un país desabastecido y al que hay que importar hasta las cintas para decorar.

"Me casé hace 10 años y no había nada de esto. Puse a correr a toda mi familia y no tuve un momento de descanso", confiesa Iris, una madre que ahora contrató a una coordinadora para la fiesta de quince de su hija Damaris, que aunque dice "respetar a quien lo considera un lujo", según ella fue "el dinero mejor invertido".

Daniela, una novia que caminará al altar el próximo mes, asegura que visitó casi todas las empresas de este tipo para conocer precios y se dio cuenta de que "hay para todos los bolsillos y algunos hasta se ajustan al presupuesto de cada cual".



Izuky, uno de los fotógrafos más conocidos del sector, explica que por desgracia en Cuba "las bodas aún se ven como un trámite, en lugar de un proceso o un proyecto que toma años", una diferencia que se nota en los clientes extranjeros que comienzan a llegar en busca de un escenario exótico para sus eventos.

"Cuba no es el primer destino fotográfico. Nuestra meta es lograr proyectar esa imagen de paraíso detenido en los años 1950, que realmente es lo que más vende, más que el sol y la playa", asegura, mientras afirma que la "exquisitez" que buscan quienes llegan de fuera, hace que la producción fotográfica en la isla evolucione.

Entre los nombres que más resuenan en este campo está el de Aire de Fiesta, una pequeña empresa privada que el año pasado estrenó oficina y consolidó su bien ganada fama decorando el sonado cumpleaños de Madonna en La Guarida habanera o antes, en la boda afrocubana del cantante Usher en septiembre de 2015.

"La misma clientela es la que nos va obligando a crecer. Éramos una empresa familiar, ahora tenemos además arquitectos, floristas, diseñadores, un equipo muy unido", cuenta Ailed de Guevara, la creadora y principal impulsora de Aire de Fiesta. Para la joven emprendedora, el mercado de las bodas en Cuba ha crecido "porque el país está preparado. Todo ha llegado de la mano, era el momento adecuado".

Texto y fotos: EFE/Martí Noticias, 14 de febrero de 2017.

lunes, 15 de mayo de 2017

Las fiestas latinas de Quince arrasan en España



El vestido -un jolgorio azul y malva de tul, pedrería y satén- ocupa todo el suelo disponible en la pequeña habitación. Metros de tela tornasolada se pliegan entre la cama poblada de peluches y la mesa donde se amontona el maquillaje. Alejandra Zapata está en esa frágil edad en la que los ositos conviven con el rímel. Hoy es su fiesta de quince años, el rito de paso de niña a mujer fundamental en la cultura popular latina. Se celebra a golpe de lentejuela y purpurina desde México hasta Argentina, de Bolivia a Ecuador.

Pero Aleja vive en Getafe, una ciudad del cinturón industrial de Madrid. Sus padres (ella en paro, él encargado de un pub) llegaron de Colombia hace 18 años. La quinceañera nació en España, aunque habla con el deje paisa de quien acaba de aterrizar. Celebrar sus quince como en la tierra que solo ha conocido de visita es “un sueño”, dice, colocándose la tiara. Hay que irse, acaba de llegar la limusina blanca. En una nave de un polígono cercano –las paredes recién pintadas de fucsia– esperan un centenar de invitados.

Muchos españoles oyeron hablar por primera vez de las fiestas latinas de quinceañera el pasado noviembre cuando al cumpleaños de Rubí, una adolescente de San Luis Potosí (México), acudieron 30 mil personas tras hacerse viral un vídeo del padre invitando a todo el que lo viese. Sin embargo, cada fin de semana, en el extrarradio de ciudades de toda España, las comunidades latinas también las celebran, aunque casi nadie fuera de ellas lo sepa. Tanto es así que en los últimos años han surgido empresas que se dedican exclusivamente a montar fiestas de quince para inmigrantes con toda la pompa de una boda, cientos de invitados y presupuestos de miles de euros.

La nave donde aparca la desubicada limusina de los Zapata está rodeada de desguaces. Un almacén de azulejos, una fábrica de tacómetros. Calles mal asfaltadas y completa oscuridad. Tras una anodina puerta de hojalata corrugada, un montón de trastos y dos chicas congeladas que fuman vestidas de gala. Otra puerta metálica y detrás, un mundo paralelo de luz, color y sacarosa con un punto desangelado. Un trono envuelto en tul, flores de plástico, dos tartas (una gigante de mentira, otra deliciosa, de verdad), globos, la maqueta de un castillo, palomitas de maíz.

En una esquina, la señora Luz, ecuatoriana, tiene un carrito de bebé lleno de dulces latinos –chupeticos, frunas, caramelos de leche miel–, en la otra, el dj pincha bachata, cumbia, reggaeton... Del centenar de invitados (mitad adolescentes, mitad adultos), solo media docena son españoles. Como Luis, tío de la niña, que va en vaqueros. “Es todo un poco excesivo, pero hay que respetar”, dice. La fiesta tiene sus hitos: el vals, los discursos... La madre pinta los labios de la niña de rojo, el padre le quita las chanclas para calzarle unas sandalias de tacón plateadas. Sin embargo, lo importante de la fiesta no parece tanto el arcaico rito de iniciación (padres y adolescentes afirman que con 15 las niñas siguen siendo niñas), ni los roles de género tan marcados. Lo que aquí se celebra es el apego a la comunidad.

En el centro de la nave hay un arco decorado con flores. “Todo rito de paso tiene un umbral”, explica Luisa Sánchez Rivas, sociolingüista especializada en “liminalidad”. El “palabro” (sobre el que se celebran hasta congresos) define la fase intermedia del rito de paso: la transición de un estado a otro. Viene del latín “limen”, umbral, y es el concepto de moda para describir la identidad en tránsito de las culturas híbridas nacidas de los movimientos migratorios. Porque en esta fiesta hay dos umbrales. Por un lado, está el arco de flores, que la niña atraviesa para convertirse simbólicamente en mujer; pero por otro está el umbral abstracto de la identidad cultural en el que viven los inmigrantes de segunda generación. "Son españoles y no lo son", explica una sociolingüista, "identitariamente habitan un lugar intermedio entre el país de origen de sus padres y el país de destino donde ellos se han criado”.

Para el intruso, lo más chocante no es lo que pasa, sino que esté pasando aquí, a espaldas de la ciudad. Esta alegría, este exceso, esta autenticidad, cada fin de semana, a un cuarto de hora de la Gran Vía. En la oscuridad del polígono se conjuran Medellín, La Paz, San Luis Potosí, para crías que han nacido en Getafe, en Usera, en Vallecas, pero hablan, bailan y se sienten tanto de allí como de acá.



Los amigos de Aleja hoy son damas y caballeros de su corte de honor. Ellas, uniformadas de blanco con vestidos cortos y largas melenas. Ellos, de negro, con corbatas rosas y tupés perfectos coronando sus “degradados”, un peinado cuidadosamente afeitado de menos, en la nuca, a más, en la coronilla (“un look chulo, bien bacano”, aseguran). Todos son hijos de inmigrantes y muchos, como Aleja, conservan el habla de donde no nacieron. Juliana, 25 años, hermana mayor de la quinceañera, llegó a España de adolescente y sin embargo no tiene la mitad de acento. "Yo enseguida me junté con españoles, ellas tienen un círculo muy cerrado, ¡hasta se visten como en Colombia!".

"Antes la prioridad era integrarse, pero entre los chicanos de Estados Unidos, los magrebís franceses y demás culturas híbridas ahora la tendencia es a integrarse en lo laboral y en lo educativo, pero a cerrarse en lo social y lo familiar", explica la sociolingüista. “Es normal que los españoles no seamos partícipes de estas fiestas, porque para los inmigrantes es la manera de preservarlas, de proteger su identidad”.

En un callejón de Vallecas, en el obrero sur madrileño, la dueña de Eventos Principesa, Rose Ballesta, coincide a su manera con la sociolingüista: “Los quince son una fiesta más importante para los padres que para las niñas, algunas pasan, pero ellos no quieren que olviden de dónde vienen”. Desde su tienda, que parece el camerino soñado por Barbie, esta mallorquina de 28 años organiza dos o tres quinceañeras a la semana. Abrió hace cuatro años y no para. Se ha mudado a un local más grande y está acondicionando un salón de eventos, la única pata del negocio que le falta. Ha montado fiestas en Valencia, Bilbao, Salamanca o Canarias.

Lo que más vende, el "pack todo incluido”, arranca en 1.850 euros, con alquiler de vestido, limusina, decoración (del evento y de la niña, con maquillaje y peluquería) y el trabajo de una decena de personas entre costureras, dj, fotógrafo, maestro de ceremonias, coreógrafo. A partir de ahí, los extras que uno quiera: mariachis, vestidos para la corte de honor, catering… Hace unos meses una niña llegó a su fiesta en helicóptero. “De media, las familias se gastan entre 3.000 y 4.000 euros”, explica Rose, que se define como una “wedding planner low cost”. “La mayoría de mis clientes son de clase humilde, tienen que ahorrar para poder darle a la niña la fiesta más pomposa que se puedan permitir”, dice. En cuanto a nacionalidades, de todo. Dominicanos, bolivianos, peruanos, ecuatorianos, incluso una chica española. "A alguna le hace gracia el rollo princesa, pero no es lo mismo, no se lo toman tan en serio".

Horas antes de la limusina y la bulla, la familia Zapata ha celebrado una misa con un joven cura colombiano. Bernardo y Dadiana, padres de Aleja, rezuman orgullo en la iglesia: “Es muy buena niña, muy tranquila, honesta y estudiosa, nada grosera, las niñas españolas son más liberales, fuman más, salen... acá la juventud está muy revolcosa, hay mucho vicio, pero ella va bien encarrilada”. Tras el sermón -sobre los peligros del alcohol, la droga, los novios y la secularización de la vida en España, "no todo es pasarla chévere", dice–, Aleja posa para el fotógrafo del evento con su vaporoso vestido pre-fiesta (en total se cambiará tres veces). A la misa normal que sigue (con cura español mayor) van llegando abuelos getafeños. Sin terminar de entender, miran curiosos a esa adolescente feliz que posturea con tacones y brazos en jarras ante el altar. Muy mayor para hacer la comunión, muy joven para ser una novia.

Patricia Gozálvez
El País, 14 de febrero de 2017.

Fotos: Tomadas de Quinceañera latina en Getafe.

jueves, 11 de mayo de 2017

Ajiaco criollo: de aliado a enemigo


Numerosas culturas culinarias en el mundo poseen platos circunstanciales, nacidos la mayoría en tiempos de crisis. Muchos son caldos y sopas, así que se nos hace difícil otorgarle a nuestro ajiaco criollo, como a la caldosa o al sopón cubano, una “marca de origen”.

Tiempos de penuria le dieron vida al ajiaco hace más de siglo y medio. Nació, bajo disímiles variantes, como la comida diaria de las clases más pobres. Los esclavos, durante la etapa colonial, resistieron las privaciones de su condición gracias a lo fácil que resultaba conseguir los ingredientes, la mayoría cultivados en los conucos que cuidaban en el escaso tiempo libre que los amos les permitían.

Sin embargo, los momentos difíciles de la economía cubana actual han sido tan devastadores que platos muy humildes como el ajiaco o la caldosa han dejado de ser los más socorridos para las familias de bajos ingresos. Peor aún, aquellos que reciben altos salarios estatales no pueden elaborar, ni siquiera una vez por semana, la más sencilla de sus recetas, debido a la escasez o al costo elevadísimo de los productos que demandan estos simples cocidos a base de carnes y vegetales.

No existe consenso entre los cocineros cubanos sobre cuál es la receta más tradicional. Según las diversas regiones de la isla, se incluyen o se restan determinados ingredientes, pero en esencia es el mismo plato, nada refinado y poco digno de servirse en el Burj Al-Arab o en un Ritz de París o Nueva York. Eso sí, equilibrado y pleno de energías y sabores.

Un prestigioso chef como Eddy Fernández Monte, presidente de la Federación de Asociaciones Culinarias de Cuba, lo reconoce como uno de nuestros platos tradicionales y su receta personal incluye algunos productos como el tasajo, un tipo de cecina (carne de res o caballo seca y salada) que vendían en las bodegas de antaño, desaparecida de nuestros mercados desde hace más de cinco décadas y en la actualidad un alimento de lujo.

Pero no es la ausencia del tasajo en nuestras bodegas lo único que dificulta realizar la preparación, puesto que, renunciando a ser fieles a la histórica usanza, pudiera ser sustituido por cualquier otra carne de cerdo o de ave, salada o ahumada. El mayor obstáculo para servir un plato de ajiaco, caldosa o sopón criollo en nuestras mesas familiares reside en obtener el resto de los ingredientes a precios acorde con el salario que pagan los empleos estatales. Inclusive quienes trabajan para el naciente “sector privado” tampoco pudieran apelar a la supuesta “humildad” de esta receta porque igual sus salarios no son lo suficientemente elevados para un “alimento pobre”, pero, paradójicamente, demasiado “ostentoso”.

Se estima que el salario medio de los cubanos ronda los 600 pesos mensuales, una cantidad equivalente a unos escasos 25 dólares. Un núcleo familiar elemental, compuesto por tres personas (un matrimonio más un hijo), y en el que al menos dos de ellos reciban exclusivamente ingresos estatales o del sector privado más apegado al cumplimiento de la legalidad (lo cual supondría ausencia de remesas desde el exterior y nula actividad lucrativa en el mercado negro), alcanzaría la cifra promedio de 1,200 pesos, unos 50 dólares al mes.

La receta básica de cualesquiera de estos caldos típicos de la cocina cubana, pensada para un mínimo de 4 raciones medianas, es costosísima al compararla con el monto de los salarios mensuales, e incluye los siguientes productos, a los que hemos acompañado de su valor promediado según las tarifas de precios en los mercados estatales: media libra de carne salada o ahumada (20 pesos); una cantidad similar de carne de cabeza de cerdo (15 pesos); un buen trozo de tocino (20 pesos); además, plátano pintón o, en su defecto, dos unidades no muy grandes de plátano verde (6 pesos); malanga, una libra (6 pesos); yuca, media libra (2 pesos); maíz tierno, un par de mazorcas (4 pesos).

Indispensables para el peculiar sabor: media libra de calabaza (2 pesos) y otra de boniato (1 peso). Tengamos también en cuenta una taza de aceite vegetal (10 pesos) y dos litros y medio de agua para la cocción (gratis, mientras no se viva en zonas afectadas por la sequía, donde el galón de agua potable pudiera calcularse en unos 5 pesos).

Pero nada de lo anterior alcanzará su punto si no se agrega una generosa porción de salsa criolla cuyos ingredientes fundamentales son el ajo (2 pesos, la cabeza), la cebolla (5 pesos), el ají pimiento (3 pesos la unidad), el tomate (12 pesos) y, en ocasiones, el comino (2 pesos), cualquiera de ellos muy difíciles de conseguir en los agromercados cubanos ya sea porque se venden a precios excesivos, no tarifados, y solo en las temporadas de cosecha, durante los meses menos cálidos del año, o porque la escasa producción solo alcanza para abastecer sectores priorizados como el turismo, o porque son de esos renglones de importación perjudicados por la política de sustitución de importaciones que en ocasiones ha sustituido pero en otras ha provocado la total extinción.

La suma de gastos para elaborar un ajiaco sencillo o un sopón asciende a la cantidad de 110 pesos, equivalentes a casi un 10 por ciento de los ingresos totales de una familia elemental de profesionales como la descrita anteriormente. Tengamos en cuenta que cocinar el típico ajiaco en su versión menos copiosa obligaría a esta familia a colocar en la mesa un solo plato y a suprimir el resto de las comidas del día (y hasta de todo el mes) para de ese modo compensar los gastos de lo que pudiera ser considerado un verdadero banquete de celebración.

El ajiaco, en sus orígenes, fue el plato que salvó del hambre a miles de cubanos, de modo que más que una tradición culinaria ha sido el gran aliado de los desposeídos en tiempos de crisis. Sin embargo, en estos que corren, decir “ajiaco” o “sopón” en nuestros hogares, saciar el antojo o intentar cocinar un sucedáneo, pudiera desencadenar una inconmensurable tragedia familiar.

Ernesto Pérez Chang

Cubanet, 11 de noviembre de 2016.

Ver también: Videos de tres variantes del ajiaco criollo o sancocho en República Dominicana (https://www.youtube.com/watch?v=yKoLhq6SNFQ); Puerto Rico (https://www.youtube.com/watch?v=HouwI-Bev0c) y Colombia (https://www.youtube.com/watch?v=GOI6azWR-c0).

lunes, 8 de mayo de 2017

Lo que el viento se llevó



La Habana ha visto un renacer de los restaurantes privados, los llamados ‘paladares’ en general bastante alejados de las posibilidades de los bolsillos del habanero de a pie, pero antes del desastre en La Habana había muchos más, aunque también alejados del bolsillo del habanero común de aquella ya lejana época.

Según el Directorio Telefónico de 1958 existían más de 150 de esos restaurantes de primera línea como El Emperador, Monseigneur, Castillo de Jagua, Chez Merito, El Carmelo y Potin, entre otros. No aparecían en el Directorio Telefónico los otros cientos que no llegaban a ese nivel, y los muchos más que se conocían como fondas, las criollas y las de chino, y estas sí estaban al alcance de una buena parte de los bolsillos de los habaneros.

En una fonda de barrio podías comerte una ‘completa’ que consistía en un plato hondo lleno de arroz, potaje y un pedazo, no muy grande, de carne por 5 o 10 centavos. En La Habana no se carecía de sitios para matar el hambre, de acuerdo a las diferentes posibilidades económicas de los presuntos comensales.

Pero en la capital existían lugares donde hacer una ‘comida rápida’ -y no vamos a referirnos aquí a los puestos de fritas de los cuales ya hemos hablado-, tampoco de las ostioneras, con sus ostiones, huevos de carey y otros productos marinos que eran reverenciados como afrodisiacos, e incluso ingeridos por estudiantes en época de exámenes como supuestos estimulantes del intelecto. Ahora queremos referirnos a ciertos establecimientos que por la calidad del producto que ofrecían eran considerados el non plus ultra de ese producto en particular.

Para los sandwiches y mediasnoches, lo máximo era el Bar OK, en la esquina de Zanja y Belascoaín. Mientras la clientela hacia cola para adquirirlos, en el refrigerador con vitrina hacia el público podía apreciar los 'quesos suizos', que no eran importados de Suiza, sino producidos en Camagüey. Al fondo, los jamones y piernas de cerdo asadas. Dos luncheros trabajaban sin descanso para satisfacer la demanda de un manjar que no era nada barato para la época: 50 centavos el sandwich y 35 centavos la medianoche. La gran afluencia de público, a toda hora, garantizaba que la materia prima fuera fresca y excelente calidad, lo cual estimulaba aún más la demanda.

Si usted prefería un sandwich de pavo, debía caminar tres cuadras, hasta Belascoaín y Neptuno. Allí, en la cafetería y dulcería Siglo XX, en Belascoaín y Neptuno, no solo se confeccionaban los mejores sandwiches de pavo, si no también los mejores brazos gitanos y éclairs, que en Cuba les llamábamos 'montecristos'. Pero si de dulces se trata no podemos olvidarnos la dulcería Lucerna, creadora del tatianoff, situada también en la calle Neptuno. O de los los cakes de la Gran Vía, en Santos Suárez. Y, por qué no, del panqué de Jamaica, a la entrada de esa pequeña población de San José de las Lajas, en la actual provincia de Mayabeque.

El pollo -que actualmente Cuba importa de Estados Unidos- en las décadas de 1940-1950 era muy consumido en el Pick in Chicken, entonces situado en el punto donde terminaba el muro del Malecón y comenzaba la Avenida de los Presidentes, a unos pocos pasos de los llamados balnearios El progreso y Las playas, que no eran más que simples cortes en el arrecife rellenos de arena.

El 'pikinchiken' era un simple trailer y unas cuantas mesas al aire libre, y también servían directamente al auto, en una especie de bandeja adosada a las ventanillas. El pollo, empanizado y frito, era delicioso. Además de la brisa marina, podías disfrutar de una película cómica silente, proyectada en una 'pantalla' que no era más que una sábana colgada. Al iniciarse la ampliación del Malecón lo trasladaron a 3ra. y G, Vedado, pero perdió su encanto y popularidad.

A mediados de los años 50 surgieron los Caporales, donde un tazón de caldo de pollo valía 5 centavos y 25 centavos un cuarto de pollo. Pero para saborear los mejores pollos había que esperar a la Feria Ganadera, anualmente celebrada en Rancho Boyeros. En grandes pailas llenas de manteca de puerco, se freían muslos con encuentro y mitades de pechugas. Valía la pena hacer el viaje: además de comer pollo frito, podías recorrer la Feria y ver las mejores razas de ganado vacuno y caballar, aves de corral, cerdos, conejos y carneros.

En Santiago de la Vegas existían dos establecimientos muy reclamados. Uno era La Dominica y sus famosas croquetas. El otro era una cafetería, cuyo nombre no recuerdo, situada frente a la iglesia, donde vendían un sabroso dulce de coco en envases artesanales de barro. Era tan bueno como el que una vez me encontré en el poblado de Auras (hoy Floro Pérez), al norte de Holguín, pero sin el envase de barro.

El puerco asado tenía dos estupendos locales en la carretera rumbo al Cacahual: El Rincón Criollo y La Tabernita. Un dato curioso: el 7 de diciembre, fecha luctuosa por la caída en combate de Antonio Maceo y Panchito Gómez Toro, los residentes de Bejucal se iban en una especie de romería a los alrededores del monumento a los próceres, montaban unos tinglados y vendían puerco asado, le llamaban "la fiesta del panteón".

En las afueras de La Habana, en Catalina de Güines, se podía saborear las archiconocidas butifarras del Congo que originalmente se vendían en un deslustrado local a pocos metros de la Carretera Central, y que inspiró a Ignacio Piñeiro a componer su célebre Échale salsita, tema que George Gershwin utilizó en su Cuban Overture.

La cafetería El Porvenir, en el cuchillo que formaban las calles de Infanta y San Francisco, a pocos pasos de Carlos III, tenía fama por su café con leche, y en invierno por el chocolate caliente. Su clientela habitual se veía aumentada por los asistentes a la funeraria que quedaba en Infanta.

Muy cerca, en Carlos III, estaba la Antigua Chiquita, conocida como 'la casa de las empanadas'. Las de chorizo no tenían competidor (en 2015, la Antigua Chiquita fue reconvertida en una panadería para celíacos. Las papas rellenas más populares eran las de El Faro, en Guanabacoa. Insuperables.

Para helados, La Josefita, en la calle Ángeles a pocos metros de Reina. Su helado de mantecado no tenía comparación. No olvido este lugar con sus mesas de mármol y sillas de madera curvada estilo Thonet, la copa de bruñido metal, los frágiles barquillos envueltos en papel encerado, toda una exaltación al buen gusto.

Sin embargo, yo sentía una fuerte predilección por el frozen de chocolate en un modesto puesto de frutas de chinos en la calle Santos Suárez, casi esquina a 10 de Octubre. Podías disfrutar tu helado mientras los múltiples aromas de mameyes, mangos, piñas, guayabas, canisteles, anones, guanábanas, chirimoyas, te embargaba los sentidos.

Waldo Acebo Meireles
Cubaencuentro, 28 de marzo de 2017.
Foto: Cafeteria cubana en los años 50. Tomada de Google Images.


jueves, 4 de mayo de 2017

Mi paso por la Escuela Profesional de Comercio de La Habana



A los 17 años de edad, sin haber terminado high school ni segunda enseñanza formal de algún tipo en español ni inglés, era ya taquígrafa en inglés y en español y me encontraba trabajando de secretaria bilingüe del jefe de personal en la Compañía Owens-Illinois Glass, en San José de las Lajas, en el Kilómetro 35 y medio de la Carretera Central.

En 1958 traté de ingresar en la Escuela Profesional de Comercio, los exámenes de ingreso era cada uno eliminatorio, tomé el de matemáticas, me desconcertó y atascó un problema de los de trenes saliendo de estaciones a hora y velocidad. A la salida, ofuscada, atolondrada, di un traspiés en el escalón superior de la escalera curva de mármol y la rodé entera hasta el vestíbulo en la planta baja.

Recuerdo que llevaba un vestido 'camisero' a rayas azules y blancas de saya ancha. Me levanté sin decir una palabra y en Ayestarán y Factor tomé la ruta 19 hasta San Lázaro e Infanta. Allí me bajé con rasponazos y morados en las espinillas y entré en el café Biki a pedir hielo para frotarme y poder llegar a la casa.

Ante la realidad, al año siguiente, trabajando a cargo de la documentación de exportación en la Pittsburgh-Plate Glass International en Infanta 16 esquina a 23, 7mo. piso, me matriculé en la Academia Morales, en San Rafael 1055 entre San Francisco e Infanta, altos. Asistía por las tardes después del trabajo, para reforzarme en matemáticas, en particular esos problemas de salidas, horas, dirección, distancias y velocidades.

No me daba tiempo a comer, y me apuraba un puñado de cereal "puffed wheat" de Kellogg’s, seco de la caja antes de salir para las clases. La Academia me quedaba a seis cuadras de casa. Allí una muchacha joven alta, sencilla, me repasaba problemas de ese tipo. Me leí el libro Lecciones de ingreso a la Escuela Profesional de Comercio de La Habana de Roberto Aguilar y Flores. Me pasé un fin de semana en la cama, haciendo mapas de la isla de Cuba para el examen de Geografía. No estudié nada de Cívica.

Volví a presentarme en 1959 a los exámenes de ingreso, que consistían en Matemáticas, Gramática, Historia, Geografía, Cívica, Rudimentos de Comercio e Inglés y debía realizarlos en el espacio de dos semanas. En el de Gramática preguntaron el grado superlativo absoluto y relativo del adjetivo dulce. En el de Cívica, hicieron una pregunta sobre la forma más simple de organización de la sociedad cuya respuesta, me enteré después, era la horda y yo no supe contestar, pero a pesar de ello quedé en segundo lugar del escalafón.

Comencé a asistir a las clases en la Escuela Profesional de Comercio en Ayestarán 175 esquina a Néstor Sardiñas, en el Ensanche de Almendares, el martes 8 de diciembre de 1959, para obtener el título de Contador Mercantil.

De Esther Tato Borja, la profesora de inglés, aprendí que el pronombre "it" no tiene forma de pronombre posesivo, sólo adjetivo y refresqué que shall es la conjugación en 1ra. persona del verbo will y will lo es de shall. Joven, baja de estatura, tenía voz ronca y era hija de Esther Borja Lima. No ponía disciplina y, cuando los alumnos se le desenfrenaban, decía, "Se acabó la clase, y la materia va a examen".

Yo no quería estar allí en primer lugar y una noche en que los muchachos se habían puesto a cantar "Abba dabba dabba said the monkey to the chimp", me enfurecí y me fui de la clase para demostrarles falta de respeto. Ella me había prestado el libro The Ugly American de Eugene Burdick y William Lederer de la biblioteca de la Ruston Academy, en que había estudiado y trabajaba, yo no había terminado todavía de leerlo, pero en la próxima clase se lo llevé y ella me dijo amablemente que, si no lo había terminado todavía, me quedara con él hasta que lo terminara.

Me acuerdo de la de profesora de Composición, Dra. Margarita del Valle, anticuada, por el pelo teñido color yodo. Leímos Cecilia Valdés, estudiamos la frase en el capítulo 2 "un sí es no es", me recomendó salicilato de metilo para la bursitis, muy eficaz. M. Lorenzo, el de Caligrafía, de pelo rizado, con el método Palmer, era quisquilloso; se empeñó en que me quitara unos pulsos que yo llevaba desde que tenía 11 años y no cedí.

Recuerdo que el primer profesor de Teneduría que tuvimos, de apellido compuesto que no recuerdo, no sé si sería José M. Fernández Roig, llevaba guayabera y tenía algún problema con ella (no me acuerdo ya si estaba sucia, sudada, arrugada, le quedaba estrecha, encogida, se le quedaba abierta o se le veía la camiseta), pero un compañero me insistía años más tarde en que iba borracho y se metía a tomar en el bar La Maravilla que quedaba enfrente, en Ayestarán y 19 de Mayo, pero no recuerdo eso ni remotamente.

Al próximo de Teneduría, creo que se llamaba Venancio Fernández Seivane, joven, lo recuerdo más, porque tuve que hacerle preguntas fuera de clase sobre el estado constructivo, y nos ayudaba mucho. A la de Mecanografía, parece que la Dra. Laura Pradas, le dio por que me cortara las uñas y tampoco accedí, a mí se me metían automáticamente entre las teclas y no me estorbaban para nada. Tengo una idea de que el de Aritmética Comercial, cuyo nombre parece ser A. Alonso Bt., tenía el tipo poco cepillado, no parecía un profesor de segunda enseñanza. Otra de inglés, no recuerdo si sería la Dra. M.E. Selva R., me descalificó un adverbio después del verbo en una composición.

Las firmas en las notas tienen la misma letra Palmer casi igual. Por ellas descifro más o menos que un profesor de teneduría fue C. Aguilar o Aguilés, hubo otro Valdés. El de Prácticas de Oficina fue A. Carvajal Campo o Camps; no teníamos máquinas de oficina en que practicar la teoría. No recuerdo a ninguno de ellos. El de Estudio de Productos fue E. Gondar. El de Principios Económicos, parece que un R. Canosa, explicaba la economía socialista, ponderaba la distribución china de las utilidades y yo me sospechaba que no creía en lo que estaba predicando. Necesitábamos un mínimo de asistencia para poder examinarnos.

No recuerdo si el presidente de la asociación de alumnos se llamaba Manolo Rivero. El empleado de la conserjería se llamaba Gilberto. Guillermo Colado trabajaba en el aeropuerto y tenía acné. Guillermo Burguet Pérez trabajaba en la Compañía de Teléfonos, vivía en la calle Humboldt. Eladio López Caballero trabajaba en una firma de contadores creo que Abreu y Rambau en la Calle 23, fui con él y su hermana menor Elba a Soroa en septiembre. Emilio León siempre llevaba traje, usaba espejuelos, vivía en San Ignacio. Belén se fue a trabajar de maestra a Ceiba del Agua. Enrique era delgado y entusiasta. El Colegio de Contadores Graduados de la Escuela Profesional de Comercio de La Habana estaba en Avenida Maceo No.19 entre Prado y Cárcel.

Zilia L. Laje

Foto: Calles Ayestarán y Néstor Sardiñas, a la derecha, la que una vez fuera sede de la Escuela Profesional de Comercio de La Habana. Tomada de un fotorreportaje publicado por Juan Suárez en Havana Times.

lunes, 1 de mayo de 2017

De mi época de estudiante en Cuba


Al terminar el 6to. grado y comenzar a trabajar tenía varias opciones. La primera, dedicarme al trabajo y no estudiar más, opción apetitosa teniendo en cuenta lo bien que me fue financieramente a mi escasa edad, pero esa vía la deseché al recepcionar positivamente los consejos que me daban. La segunda, estudiar en el preuniversitario, de cinco años de duración, debía tener 14 años y solamente tenía 12. Y la tercera, estudiar comercio, opción que seleccioné por ser afín con mi trabajo y darme posibilidades más ligeras de estudio.

En lugar de la Escuela Profesional de Comercio de La Habana, sita en Ayestarán y Néstor Sardiñas, me decidí por el Plantel Jovellanos del Centro Asturiano, exclusivo para los socios y yo lo era. Las dos escuelas eran cercanas mi casa, pero el Plantel Jovellanos me quedaba más cerca y tenía un horario que no afectaba mi trabajo.

Entre otras, asignaturas allí se impartían Contabilidad, Finanzas, Caligrafía, Taquigrafía, Inglés y Mecanografía. Al comenzar las clases me presenté a examen de suficiencia en Mecanografía y creo que escribía tan bien y tan rápido como el profesor. Mi padre me había comprado una máquina Underwood con un método de aprendizaje que aproveché bien, así que era una asignatura menos a cursar. También en Inglés I y II ocurrió lo mismo. Sólo había estudiado el conocido método de Leonardo Sorzano Jorrín en 5to y 6to. grado en la Escuela Redención, con la profesora Lilia Veciana, nieta de Perucho Figueredo, autor del himno nacional cubano.

Pero me gustaba el inglés y tenía facilidades para los idiomas, en particular para el inglés, por lo que de forma autodidacta estudié otros métodos como Berliotz y Fries y, sobre todo, un curso por correspondencia con ejercicios y discos de vinyl de Hemphill School, que era un préstamo y estaba incompleto, pero me ayudó muchísimo. En la escuela se daba el sistema Lado, así que tenía en mi cabeza una liga tremenda de métodos.

Mi caligrafía, la Pitman, era buena, así que pasé también esa materia sin muchos sofocones y me daba más tiempo para estudiar las asignaturas que no conocía. Debo reconocer que no me gustaba la taquigrafía y pasé bastante trabajo con ella.

Recuerdo aquellos tiempos en Cuba, donde los veranos eran fuertes, pero no impedían que la gente fuera al trabajo con traje, cuello y corbata y las mujeres con medias largas de nailon. Los inviernos eran fríos y yo sólo tenía un jacket bastante escuálido, marca Saturno, no se me olvida, y pasaba unos buenos escalofríos, sobre todo al salir después de las 11 de la noche, cuando había un 'norte' o frente frío, que entonces eran más crudos. Atravesaba toda la Quinta Covadonga y salía por la puerta trasera, contigua a la capilla donde se velaban a los muertos.

Al tener facilidades para el Comercio y no tener que dedicar demasiado tiempo a los estudios, eso me permitió prepararme para otra meta: pasar el examen de ingreso a la Segunda Enseñanza (preuniversitario), obligatorio para quienes no habían cursado 7mo. y 8vo. grado, como era mi caso. Había un libro grueso que se llamaba Lecciones de Ingreso a la Segunda Enseñanza y preparaba a los aspirantes en Matemática, Español, Historia de Cuba y Universal, Geografía y Ciencias.

Casi me lo aprendí de memoria y con muy buenas notas logré entrar al Instituto de la Víbora en su curso nocturno, alternando el primer año del Instituto con el último de Comercio, lo que me era más fácil. Las clases eran desde las 7 de la tarde hasta pasadas las 12 de la noche y no había, como posteriormente hubo en Cuba, más de una opción de revalorizar un examen insuficiente. Solo podías revalorizarlo una vez y si no aprobabas no podías continuar estudiando. Además eso constituía un esfuerzo y costaba dinero, así que no se podía desperdiciar.

Había que comprar una buena cantidad de libros y cuadernos de trabajo y todos adquirirlos en la librería La Polilla, cercana al Instituto, en 10 de Octubre casi esquina a Carmen, y que aún existe. Los textos eran publicados por los propios profesores: Añorga en Matemática, Levy Marrero en Geografía, y otros. Pero mi trabajo me permitía sufragarlo, eso sí, el tiempo para estudiar, por la cantidad de trabajos que tenía, era prácticamente la madrugada, aunque trataba de asimilar lo mayor posible en las clases.

Llegó la revolución y ya en tercer año de bachillerato, tomé una de esas decisiones de las cuales uno después se arrepiente. Más por la aventura que por el llamado de la patria, me enrolé en las milicias revolucionarias y ahí se interrumpió, durante muchos años, la posibilidad las que sé ahora debían haber sido mis máximas prioridades.

Texto y foto: Carlos Rodríguez Búa*
Memorias de un cubano, 5 de marzo de 2014.
Foto: Carnet de primer año de bachillerato.

* Ingeniero informático. Actualmente reside en Guanajuato, México. Además de Memorias de un cubano, tiene otro blog, Comics clásicos.

jueves, 27 de abril de 2017

La Marquesa de Campo Florido es cubana



María Elena de Cárdenas y González tiene en una de las entradas de su residencia en Coral Gables, Miami, un escudo de la República de Cuba. En el interior de la casa pueden retratos de distinguidos antepasados que pertenecieron a la nobleza criolla cubana. Hacendados y militares que conservaron el apego a las tradiciones y honraron los títulos nobiliarios otogados por la monarquía española en reconocimiento por sus méritos y servicios.

Uno de esos títulos era el Marquesado de Campo Florido, otorgado por el rey Fernando VII, el 6 de mayo de 1826, a Miguel de Cárdenas y Peñalver, antepasado de María Elena, quien lo acaba de recuperar luego de una batalla legal que ganó a una de las familias más ricas de España, los Koplowitz.

Desde 2003, Alicia Alcocer Koplowitz, hija de Alberto Escocer y Esther Koplowitz y Alberto Alcocer, ostentaba el Marquesado de Campo Florido, según informa el periodico El Mundo. Alicia es la presidenta no ejecutiva de Cementos Portland Valderrivas, filial de una empresa de construcción que preside su hermana Esther, ambas sobrinas de la importante empresaria Alicia Koplowitz, que a su vez es poseedora del Marquesado de Bellavista, también reclamado por la cubana.

“La Sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid de 1 de febrero de 2017, declara el mejor derecho de doña María Elena de Cárdenas y González, frente a doña Alicia Alcocer Koplowitz, al título nobiliario de Marqués de Campo Florido”, dijo en entrevista con El Nuevo Herald el hijo de María Elena, Luis de la Vega y de Cárdenas, empresario y presidente de junta de la compañía de traducción e interpretación ProTraslating, con sede en Miami.

“Mi abuelo, Luis de Cárdenas y Cárdenas, apreciaba y respetaba mucho las tradiciones, tanto las cubanas como las de la Madre Patria. Para mi madre esta sentencia es de gran emoción, pues su padre tenía el mejor derecho al título cuando los tíos de Esther Koplowitz rehabilitaron varios títulos nobiliarios de la familia en los años 60. Pero en eso vino el exilio, así que ahora el Marquesado de Campo Florido regresa de España a América”, dijo De la Vega.

La familia De la Vega y De Cárdenas salió de Cuba en 1960, después de la llegada de Fidel Castro, dejando atrás una extensa pinacoteca y objetos valiosos de los cuales pudieron sacar muy poco al exilio, entre ellos algunos platos que habían pertenecido a otro de sus antepasados, el Marqués de Almendares, Ignacio Herrera y O’Farrill, que en 1845 mandó hacer esa vajilla en China.

Miguel de Cárdenas y Peñalver recibió el Marquesado de Campo Florido por sus constantes servicios y lealtad al Rey de España, según un Real Despacho de 1826. “Éste a su vez era nieto del primer Marqués de Cárdenas de Montehermoso, sexto abuelo de mi madre”, aclaró De la Vega.

De Cárdenas y Peñalver fundó en 1850 el poblado de Campo Florido, en la provincia de La Habana, a 5 kilómetros de Guanabo y a 16 de Guanabacoa, y lo nombró así en honor del marquesado. Campo Florido fue centro de comercio entre los dos ingenios existentes en la zona, el San José de Miraflores y el San Francisco,

“Otro hijo del primer Marqués de Campo Florido fue Gabriel de Cárdenas y de Cárdenas, a quien el Rey Amadeo I (Rey de España entre 1871 y 1873) el 16 de agosto de 1871, le otorgó el marquesado de Bellavista. Este marquesado está también pleiteándose en los tribunales de Madrid, y mi madre es de nuevo la demandante, esta vez contra Alicia Koplowitz, empresaria de una de las compañías constructoras más grandes de España, tía de la que acaba de perder Campo Florido en la Audiencia Provincial de Madrid. El caso está en espera de sentencia”, informó De la Vega.

María Elena de Cárdenas y González, nacida en La Habana en 1919, es una mujer sencilla y optimista que disfruta alimentar a los peces del estanque y los pájaros que llegan al jardín estilo andaluz que su hijo mandó a construir en el patio de la casa, para celebrar el 80 cumpleaños de su madre.

“Ella ha vivido dedicada a su familia, a sus hijos y nietos. Fue una gran viajera y le encantaba ir a Europa para estar cerca de sus raíces”, dice De la Vega, indicando que su madre es apasionada a la ópera y todas las mañana toca el piano.

Sarah Moreno
El Nuevo Herald, 14 de febrero de 2017.

Foto: María de Elena de Cárdenas y González, marquesa de Campo Florido, en su casa de Coral Gables, Miami. Detrás, el retrato de Ignacio Herrera y Pedroso, Chacón y Zayas-Bazán, bisnieto del Marqués de Casa-Torres, fundador de la Real Maestranza de Caballería de La Habana. Tomada de El Nuevo Herald.

Nota.- En el pasado, Campo Florido formaba parte de Guanabacoa, pero actualmente pertenece al municipio Habana del Este. Ver el fotorreportaje Una visita a Campo Florido.

lunes, 24 de abril de 2017

Historia de una familia vasca expoliada por la revolución cubana


Alrededor de 400 familias españolas esperan que algún día el gobierno de Cuba les devuelva sus propiedades, valoradas en miles de millones de dólares. Dice la letra de una canción de Luis Aguilé, "cuando salí de Cuba, dejé mi vida, deje mi amor". Pero también muchos españoles dejaron casas, empresas, fábricas y dinero.

Tras la entrada de Fidel Castro y sus barbudos en La Habana, en enero de 1959, los primeros expropiados fueron los partidarios del dictador Fulgencio Batista, después las propiedades estadounidenses y por último le tocó el turno a los otros que los comunistas consideraban ricos. Sus negocios fueron 'nacionalizados' en nombre de la revolución.

La isla de Cuba siempre fue objetivo y deseo de muchos emigrantes españoles, como los gallegos: la primera asociación gallega en Cuba se creó en el año 1871. Se calcula que unos 100 mil asturianos abandonaron el Principado de Asturias en la segunda mitad del siglo XIX y emigraron a América.

Todos los españoles iban en busca de trabajo, mejorar sus vidas, huir del servicio militar y de las guerras. Goletas, corbetas, bergantines, se hacían a la mar desde los puertos de Barcelona, Málaga,Cádiz, Santander, Gijón y La Coruña, entre otros. Iban en dirección a los puertos cubanos de La Habana o Matanzas. La travesía duraba de 40 a 50 días, si las condiciones de navegación eran buenas. De esos y otros puertos españoles, dos veces al mes salían distintos tipos de embarcaciones, llevando correspondencia, mercancías y pasajeros.

En1842 salió de Falmouth, Cornwall, Inglaterra un paquebote a vapor que hizo escala en La Coruña, Madeira, las Antillas y llegó hasta el Golfo de México. En1857 un buque de primera clase llamado Próspero salió del puerto de Bayona, Francia y surcó las aguas del Atlántico. Los pasajeros viajaban con gran comodidad y se les trató con decoro. Ese barco hizo la ruta de Montevideo y Buenos Aires.

Los vascos también tuvieron su presencia en Cuba. No era un grupo tan numeroso como el de los gallegos, asturianos y andaluces, pero cualitativamente superior. Principalmente se asentaron en La Habana y Cienfuegos y se dedicaron a la industria azucarera. Apellidos como Illarreta, Sotero, Escarza, Urioste, Arruebarrena y Barrayarza se hicieron conocidos en la isla.

Uno de los vascos más conocidos más conocido fue Agustín Goytisolo Lezarzaburu, bautizado el 17 de Julio de 1811 en Lekeitio, actualmente un municipio de la provincia de Vizcaya, País Vasco. Su padre procedía de Ea y su madre, Magdalena Lezarzaburu había nacido en Lekeitio. Agustín llegó a Cuba a los 19 años, buscando trabajo y formar una familia.

El 23 de Febrero de 1844, Goytisolo se casó con Estanislá Digat, cubana oriunda de Trinidad, hoy un municipio de la provincia Sancti Spiritus. Se estableció en Cienfuegos y tras años inciertos y duros, compró un ingenio azucarero llamado Simpatía. Comenzó a prosperar, compró nuevas fincas destinadas a la industria azucarera.

Agustín Goytisolo paricipaba en la vida social y en la élite política de la ciudad. Después de haber amasado una fortuna regresó a España y se estableció definitivamente en Barcelona, junto a su mujer, hijos, chofer y jardinero. Dejó los negocios al cuidado de su hijo Agustín Goytisolo Digat, pero no fue lo mismo. El Goytisolo emprendedor murió en Barcelona en marzo de 1886.

En los puertos cubanos era conocido José Andrés Galdiz, capitán del barco Isabel-Eleuterio. José Andrés hacía la ruta desde España, Trinidad y Cuba. Eran cuatro hermanos marinos oriundos de Ea. Uno de ellos, llamado Juan, se hizo famoso por ganar una apuesta en el puerto de La Habana a un catalán. El armador del barco se llamaba Ramón Solaegui, esto ocurría en diciembre de 1860.

En su novela Señas de identidad, el escritor Juan Goytisolo, menciona el antiguo esplendor de sus antepasados: "En todos los dormitorios de la casa, recibos de liquidaciones y balances bancarios que venían de La Habana, Nueva York y París". Eso fue antes de la guerra hispano-americana y la disgregación de la familia. De cuando había "una pomposa sala del consejo de administración, con una amplia mesa de trabajo, rodeada de sillones vacíos y el retrato de Alfonso XII".

En el libro se puede ver una foto del paquebote Flora, que fuera propiedad de la entonces próspera y rumbosa familia. También, borrosas postales de Cienfuegos, plazas desiertas, iglesias blancas y palmeras en los paseos. Una estación de ferrocarril y un variopinto grupo de guajiros, apostados en el tren de caña en el que podía leerse la inscripción: Mendiola y Montalvo. Las labores de la zafra azucarera ,la fábrica, los barracones y una plaza cuadrilonga despejada y limpia. Álvaro, el hidalgo pobre nacido en una provincia asturiana, astuto traficante, especulador de mirada cruel y altiva, delgados labios y torcido bigote en forma de manubrio.

O la imagen de la bisabuela resignada y muda, vestida de luto, esposa desengañada e infeliz. Suplantada en el lecho por las esclavas negras. Sin más refugio que la práctica melancólica de una religión consoladora y el cuidado de sus hijos conforme a las normas y preceptos de una moral tiránica, austera e inflexible. Esos hijos, cinco lustros después,obesos y calvos, prematuramente envejecidos y aplastados por el peso de sus enormes responsabilidades. Herederos de la fortuna ya que no del talento, virtuosos y egoístas, devotos y avaros. El abuelo Álvaro y la interminable procesión de tíos. La separación de la familia, las consecuencias de la guerra hispano-americana...

Ahí estaban, los nobles hijos de Vizcaya que no olvidaban a su patria amada y se esforzaban por tributarle recuerdos imperecederos, que colman de dicha a su país y apoyan la construcción del ferrocarril vizcaíno. Desde la rica y populosa La Habana hicieron entrega de 30 millones de reales y aún se esperaba más de ellos.

También había noticias terribles sobre dramas marinos. El bergantín Don Juan se dirigía a África, no sabemos sin con el objetivo de hacer el tráfico inmoral de negros. El barco iba pilotado por un plenciano llamado Goyarrola, el contramaestre se llamaba Goicoechea apodado Plata era de Olaveaga y otro joven que no sabemos su nombre. Algunos días después de haber salido de La Habana se sublevó la tripulación, asesinando al capitán Goyarrola y al contramaestre de la manera más salvaje que se puedan imaginar. En 1880, del puerto de Santander salía un vapor correo de línea regular, con destino a La Habana y Puerto Rico. Se llamaba Comillas y llevaba correspondencia, una carga con frutos coloniales, 132 pasajeros y 276 soldados, un confinado y cinco deportados.

Mención aparte merece la familia Castaño Capetillo.

Eran siete hermanos: Nicolás, el mayor, bautizado el 6 de diciembre de 1836; su hermano Patricio, tres años menor que él; las hermanas Reyes, Josefa, Juana María y Dolores y el benjamín José que nació el 8 de enero de 1856. El padre se llamaba Pablo Castaño y la madre Rosaura Capetillo. Los dos habían nacido en Sopuerta, hoy un municipio de la provincia de Vizcaya, País Vasco, él en 1808 y ella en 1817. El padre era un modesto labrador, con algo de tierra y desempeñó el cargo de comendador en su pueblo. Hasta el año 1653, el apellido Castaño se localizaba en Galdames, luego pasa a Bilbao, vuelve a Galdames y pasa definitivamente a Sopuerta. El apellido Capetillo tiene su casa solar en Balmaseda, en el barrio de Llantada, y también en Sopuerta.

Si damos crédito a la historia oral trasmitida de padres a hijos, no se sabe si fueron los dos dos hijos mayores, o primero Nicolás y luego Patricio, los que decidieron marcharse de su pueblo ante las buenas perspectivas de futuro en América. Ahorrando, pudieron comprar pasajes en un barco con destino a México, pero debido a una tormenta se desviaron a Cuba. Se cuenta que iban descalzos y llevaban las alpargatas en la espalda para que les duraran más.

La noticia de la llegada a Cuba es clara y está reflejada en la historia de ese país: Nicolas del Castaño y Capetillo llegó a Cienfuegos, Cuba, hacia 1849 o 1850. Solo y sin recomendaciones entró de dependiente en una bodega del señor Esteban Cacicedo nombrada La Diana. Blanco y gordo, Nicolás salía poco a la calle, pues los nativos se burlaban de él por su aspecto físico. Con esfuerzo y sacrificio, reunió un pequeño capital de 2 mil pesos, que le permitió convertirse en vendedor ambulante en la Sierra de Cumanayagua, al este de la Bahía de Cienfuegos. Se estableció en la Calzada Dolores y fundó una fábrica de velas y una pequeña tienda mixta. Pero todo lo perdió en un incendio que casi lo arruina.

En 1860, Nicolás ya un próspero comerciante de azúcar y forma sociedad con el asturiano Antonio Intriago Toraño y que se convirtió en la más importante de aquella época,dedicándose al comercio del menor y por mayor.

Un sobrino de Nicolás, hijo de su hermano Patricio, se casó con Adela Intriago, la hija del asturiano. Así se estrecharon los lazos familiares y económicos entre las dos familias, reforzándolos extraordinariamente.

El 9 de junio de 1877 se formó la razón social Castaño e Intriago S. y C., que existía desde el año 1863, pero ahora de una forma ya oficial. Para la importación y exportación hacen grandes inversiones en la industria azucarera, compran el ingenio Silverita en Padre Casas y el central Dos Amigos en Manzanillo.

La casa matriz y la sede de los negocios radicaba en la calle Santa Clara esquina Santa Isabel, en Cienfuegos, desde donde se manejaban los hilos comerciales y financieros. Fueron evolucionando y desarrollando nuevos negocios. En 1882 forma parte de la sociedad en comandita Cardona, Hartasánchez y Compañía. La sociedad formada pertenecía a Castaño e Intriago y tenía un capital social de 175 mil pesos de oro y 119 mil pesos.

Gabriel Cardona Goñalones era de origen catalán y su capital de 22 mil pesos. Los otros dos socios eran asturianos: Manuel Hartasánchez Romano y Vicente Fernández Toraño. La sociedad Castaño e Intriago invirtió con fuerza en la industria azucarera. También tenían partición en otros lugares de la isla,relacionados con la producción de azúcar.

El socio Antonio Intriago muere el 27 de mayo de 1886 y la sociedad se disuelve el 26 de mayo de 1890. La empresa llegó a tener un capital social de un millón 400 mil pesos de oro. Hubo una división de los bienes por parte de los herederos del asturiano y del vasco Nicolás Castaño Capetillo, entre otros, fincas urbanas en Cuba y Madrid; fincas rústicas; participaciones en ingenios azucareros; créditos a cobrar; barcos y representaciones en empresas de vapores. También poseían una venta de materiales de construcción y un almacén de madera y aserradero que desde 1860 los llevaba su hermano Patricio, quien en todos los negocios, permanecía en un segundo plano, un poco a la sombra de los negocios de su hermano Nicolás.

Otra de las empresas en las que participó Nicolás Castaño Capetillo fue la del alumbrado de Cienfuegos, que fuera financiado por Augusto Font, firmando el acuerdo el 13 de junio de 1890. En 1903 el central San Agustín fue adquirido por Nicolás Castaño para liquidar las deudas de la familia Goytisolo. Era una de las fincas más importantes de la época y estaba ubicada en Santa Isabel de las Lajas.

El central Andreita tenía vías férreas, locomotoras y producía millones de arrobas de caña. En el Constancia, uno de los centrales azucareros más grandes del mundo, Nicolás estaba asociado con los hermanos Apesteguía. Posteriormente pasó a manos de los americanos y pasó a llamarse Constancia Sugar Company. Por sus movimientos y relaciones financieras con las más importantes firmas nacionales y extranjeras, a Castaño se le llegó a considerar el 'príncipe de las letras bancarias'.

Antes de la primera guerra mundial, Nicolás Castaño hizo gran acopio de azúcar mientras su hermano Patricio lo hacía de manteca. Desde Cuba salían barcos al viejo continente con miles de sacos donde se leía "Castaño". El cataclismo azucarero de 1920 no les afectó: su fortuna salió intacta. El ilimitado crédito de don Nicolás fue un manto protector para muchas personas. Mantuvo relaciones con toda la élite comercial de la época: Intriago, Acisclo del Valle, el catalán Gabriel Cardona, el navarro Domingo Nazábal y los santanderinos Esteban Cacicedo y Laureano Falla. Las uniones matrimoniales con los Cacicedo, Falla, Gutiérrez, Nazábal, propiciaron la creación del clan más fuerte de Cuba en los albores del siglo XX.

Nicolás Castaño Capetillo murió a los 90 años, el 27 de enero de 1926 en Cienfuegos. Su vida la dedicó al comercio y la industria, logrando extender sus negocios por la isla. Hasta el final de su existencia, fue un hombre modesto y trabajador que jamás perdió sus hábitos. Nunca quiso aceptar cargos ni honores de ninguna clases. Durante la guerra de la independencia de Cuba se mantuvo al margen. A los 60 años de edad, Nicolás se había casado en Cuba con Amparo Montalbán Hernández y de esa unión tuvieron seis hijos: Rosaura, Carmen, Josefa, Concha, Nicolás y Pablo que murió de sarampión con cuatro años.

La muerte de Nicolás no implicó el cierre de sus negocios. La familia heredó un importante patrimonio que su hijo Nicolás Castaño Montalbán y sus yernos lo acrecentaron hasta el año 1959. Con la llegada de Fidel Castro y la revolución cubana, la familia quedó en una situación económica delicada.



Patricio Castaño Capetillo falleció en Sopuerta, País Vasco, el 5 de noviembre de 1915. Le habían otorgado la Gran Cruz de la Orden Militar y era presidente honorario de la colonia española en Cienfuegos. Patricio se casó también con una cubana, Caridad Padilla, nacida en Cienfuegos en 1848 y con ella tuvo dos hijos, Adela y Nicolás

A finales de 1880 en el padrón municipal de Bilbao figuraban su mujer y los dos hijos, vivían en la calle Correo No. 4, 4to. piso. Habían llegado a Bilbao hacia el año 1876. Patricio había preparado con tiempo el regreso a su patria vasca, dejó a su hermano Nicolás en la isla y repatrió su capital a España. Fue condecorado por el ejército español por méritos en combate, prestó sus servicios en caballería durante los primeros años de la guerra de Cuba.

Patricio siempre tuvo una relación muy estrecha con Bilbao y en particular con Sopuerta, su pueblo natal. Mandó construir un edificio en el ensanche de Bilbao de hormigón armado, obra del arquitecto Federico Ugalde que se terminó en 1914, un año antes de morir. Fue un mecenas y benefactor de su pueblo, donó dinero para la torre de la iglesia de San Pedro de la Baluga en Sopuerta. Hombre religioso, entregaba donativos a la iglesia. Mantuvo una relación estrecha con el Vaticano, que le ofreció un título nobiliario que él rechazó.

Patricio Castaño Capetillo fue de los primeros automovilistas que hubo en Bilbao con "chaffeur", a principios del siglo XX. Tenía permiso para oficiar misa en su capilla privada de Sopuerta, su pueblo, al cual económicamente ayudó para la canalización del agua. Su hijo, Nicolás Castaño Padilla, estudió en la prestigiosa Universidad de Eton, en el Reino Unido, y por su agraciado aspecto le decían 'monono'. Su esposa, Adela Intriago, era muy jovencita cuando se casaron, ella venía de una adinerada familia, con muchos negocios y socios de los Castaño.

Adela falleció a la edad de 16 años, de fiebre tifoidea, después de dar a luz a una niña llamada María de las Mercedes Castaño Intriago y que fuera criada por Caridad Padilla, su abuela cubana, y una institutriz inglesa..

Nicolás Castaño Padilla se mantuvo viudo durante mucho tiempo, hasta que se casó con Matilde Montalvo. La boda celebrada en La Habana, no estuvo exenta de escándalo porque una ex-amante despechada, por celos, intentó asesinarle y una bala rozó la oreja de Nicolás. Después de su segundo matrimonio, siguió con los negocios familiares: comercio, importación y exportación, consignatario y carenero de buques, entre otros diserminados por toda Cuba.

Su hija, María de las Mercedes del Castaño Intriago, se casó con Agustín Maruri Guillo, un gran aficionado a la fotografía y que llegara a ser director del Club Fotográfico de Cuba. El matrimonio huyó de Cuba en 1959, poco después de Fidel Castro entrara en La Habana y antes de que el gobierno revolucionario tomara medidas drásticas, como impedir la salida del país a cualquier cubano. Incluso parejas de españoles con hijos nacidos en Cuba tuvieron serios problemas para sacar a los hijos de la isla. María de las Mercedes y Agustín se establecieron en Madrid y en 1965 deciden mudarse a Bilbao, a su casa de la calle Marqués del Puerto esquina Arbieto, y se hacen cargo de sus propiedades en Bilbao y Sopuerta.

Ya en Bilbao, el matrimonio Maruri-Castaño con sus dos hijos, Rodolfo y Agustín, quien se había casado con Natalia Machado. Maruri intenta recomponer y arreglar el patrimonio familiar luego de muchos años fuera del País Vasco.

Doña Mercedes,señora de cabellos blancos de aspecto bondadoso y con un dulce acento cubano, murió en su casa de Bilbao a los 102 años, en la misma casa cuyos sótanos sirvieron de refugio durante la guerra civil.

José Castaño Capetillo, el más joven de los varones, también estuvo en Cuba con sus hermanos. De él se sabe muy poco. El clima cubano no le asentó a su salud y pronto se marchó a España. Perteneció a la Junta Consultiva del Círculo de la Unión Mercantil Hispano-Americana. Se casó con Facunda Cardona y Forgas y tuvieron un hijo llamado José. Facunda era hija del asturiano Cardona Hartasánchez, quien fuera industrial y comerciante en Cuba. José Castaño Capetillo murió el 21 de octubre de 1938 y un año después, el 20 de junio de 1939, falleció en Madrid su mujer, Facunda Cardona y Forgas.

Por su parte Reyes, Josefa y Dolores, las hermanas Castaño Capetillo, eran tres mujeres de "armas tomar" y muy "marimandonas". Cuando Patricio volvió de Cuba se trajo un criado negro llamado Rafael y vivía en su finca de Sopuerta. Un buen día, las hermanas quisieron darle un baño purificador, con la intención de 'blanquearlo'. Ante el nada placentero panorama nada el criado huyó despavorido. Las hermanas siempre estaban clamando contra él, le decían "Cubano haragán, que no trabajas". Se publicó un bando de búsqueda y captura: Se busca sirviente negro propiedad de la familia de Patricio Castaño.

El criado había nacido en La Habana en 1868, se llamaba Rafael Padilla, era hijo de esclavos, se quedó huérfano a la edad de 8 años y fue vendido como peón agrícola a la madre de un comerciante portugués. A los 14 años huyó de la casa y se dedicó a vivir de sus trapicheos. Se desconocen más detalles, pero entró a trabajar en la casa de don Patricio Castaño Capetillo, quien decidió adoptarlo y llevarlo con él a Bilbao.

El famoso clown inglés Tony Grice, alias Footit, lo descubre deambulando por las cercanías de la ría bilbaína. Tony solía viajar para actuar en las fiestas locales, con los circos Parish y Alegría, éste último propiedad de Micaela Alegría que en 1904 solía instalarse en la calle Rodriguez Arias. Quedó impresionado por su vigor físico y su arte como bailarín, lo contrató en su compañía y terminó trabajando con él de partenaire en algunos de sus números.

Rafael Padilla decidió ser conocido por el nombre artístico de Chocolat. Su número más famoso era montado en una mula salvaje que siempre acababa lanzándole fuera de la pista. En 1886 Foofit y Chocolat actuan juntos en el Circo Medrano de París, fundado por el payaso español Gerónimo Medrano. En 1899 los hermanos Lumiére recogen su actuación en una película. El triunfo le llega a Foofit y Chocolat a partir de 1906 en el Folies Bergère. A Chocolat lo había importalizado Toulousse-Lautrec en 1896, en un cuadro donde aparece bailando en el Irish Bar (más sobre Chocolat en el post publicado en este blog el jueves 20 de abril de 2017).

Texto y fotos tomados de El blog de César Estornes*.

* El autor consultó documentos en la Hemeroteca Nacional de Madrid y en la Hemeroteca Diputación Foral de Bizkaia. También obtuvo información del artículo Ante la tumba de un clown, de E. Gómez Carrillo, publicado en ABC el 30 de octubre de 1921. Y en su blog dejó constancia de su agradecimiento a Agustín Maruri Machado por su desinteresada y generosa ayuda.

Fotos: En la primera, Reyes, Josefa y Dolores, las tres hermanas Castaño Capetillo, de pie el hermano Patricio y sentado, José, el hermano menosr. En la segunda, la residencia de Patricio Castaño Capetillo, que fuera expropiada por la revolución y si no la han trasladado, era la sede de la Embajada de Vietnam en Cuba.


jueves, 20 de abril de 2017

Chocolat, el primer payaso negro, fue un esclavo nacido en La Habana


Metido en aquella gran tina con agua y jabón, aquel niño que con el tiempo llegó a rendir París a sus pies con el nombre de Monsieur Chocolat, aunque entonces sólo tenía 11 años y una historia de esclavitud a sus espaldas, temblaba y temblaba mientras tres mujeres vascas de mirada adusta le frotaban con ahínco con un cepillo queriendo blanquear su piel.

La escena tenía lugar en la mansión de don Patricio Castaño, un rico indiano que había hecho fortuna en Cuba con el comercio y las plantaciones azucareras y había vuelto a la comarca de las Encartaciones vizcaínas para asentarse en Sopuerta.

Don Patricio había traído al negrito como criadillo para su anciana madre, doña Rosaura Capetillo, quien le trataba bien y hasta le cogió cariño. Y así andaba el pequeño Rafael hasta que las tres hermanas del rico indiano -Reyes, Josefa y Dolores- le metieron en la dichosa tina y le cepillaron hasta hacerle sangrar. Harto y despellejado, el sirviente dijo basta y se escapó.

De poco sirvió que la familia Castaño emitiera un bando de busca y captura sobre su negro fugado. La requisitoria no prosperó al ser Rafael un hombre libre, dado que en España la esclavitud se había abolido en 1837 y él llevaba tiempo pisando la tierra de los vascos.

La fuga le llevó en una primera parada a la ciudad próxima de Bilbao, donde realmente arranca su gran aventura. Allí nació el nuevo hombre que pasaría a la historia como el primer payaso negro. Pero eso aún tardó. En sus primeros días como liberto, el mozo cubano sobrevivió laborando en lo que pudo.

Las escasas fuentes documentales que le mencionan dicen que lo hizo de minero, como cargador en los muelles y bailando en los cafés de la villa, en clara premonición de lo que habría de ser su exitoso destino. Fue precisamente en un café donde, cercano a los 16 años le descubrió el clown inglés Tony Grice, por entonces enrolado en la Compañía Ecuestre del Circo Alegría que actuaba durante las fiestas de Bilbao en el mes de agosto.

Asombrado por la fuerza y la vitalidad del mozalbete cubano, Grice no dudó en su proposición: "¿Quieres trabajar en el circo, quieres venir conmigo? ¿Quieres vestir ropa de lentejuelas? ¿Quieres recibir bofetadas falsas y abrazos sinceros?".

La respuesta fue sí y Rafael acompañó a Grice a cambio de comida, techo y algunas monedas. Inicialmente ejerció como criado de su mujer, la catalana Trinidad Díaz, conocida como "la Dama de los diamantes" y, más tarde, al descubrir su fuerza y la agilidad de sus movimientos -herencia de su infancia cubana y de esos "bailes de tambores" con los que los esclavos se aliviaban en los días festivos-, Grice lo hizo su aprendiz en la troupe circense que viajó a Madrid, donde a Grice se le conocía bajo el sobrenombre de El Rubio.

Al año siguiente, en octubre de 1886, Grice, el payaso portugués Tonyto y Rafael viajan a París para actuar en el Nouveau-Cirque, y será allí donde el cubano se verá bautizado con el apodo de Monsieur Chocolat, como en la capital francesa denominaban las personas de raza negra. Ejerciendo como cuartos trasero de un estrafalario caballo de tela, del que Tonyto movía la cabeza y Grice conducía con el látigo, el trío triunfó con su pieza El maestro de doma, tomando luego Rafael el protagonismo de una pantomima que tuvo un gran éxito, La boda de Chocolat (1887).

Cuando tres años más tarde el talento de Tony Grice se vio eclipsado por el gracejo emergente de otro payaso británico, Georges Footit, por lo demás excelente jinete y acróbata, el director del Nouveau-Cirque, Raoul Donval, aconsejó a este último que formase pareja con Chocolat. Juntos se atrevieron incluso a parodiar la Cleopatra de la gran Sarah Bernhardt, que un tanto enfadada acudió a verles para acabar rendida ante su vis cómica.

Hacia 1890 formaban ya pareja artística como Footit y Chocolat, ejerciendo el primero de listo y autoritario "carablanca" y el segundo de "augusto" que recibe las bofetadas si bien de vez en cuando se toma la revancha y revierte la situación. Fue a partir de entonces cuando las actuaciones de los restantes payasos del mundo se vertebraron en base al tándem carablanca-augusto que pervive hasta nuestros días. Una fórmula exitosa que acompañó al dúo durante 20 años convirtiendo a Chocolat en una gran estrella.

Asiduo de la bohemia parisina, Chocolat trabó amistad con Toulouse-Lautrec, quien en 1896 le inmortalizó en un dibujo a tinta china en el que aparece bailando durante una de aquellas interminables juergas nocturnas habidas en el parisino Irish Bar. Una escena a la que, por cierto, Gene Kelly rendirá honores en una de las inolvidables escenas de Un americano en París, película estrenada en 1952.

Rico y famoso, Chocolat era la imagen publicitaria del jabón La Hêve y del chocolate Félix Potin, lo que no le hizo envanecerse y olvidar su niñez mísera. Tanto él como su pareja de espectáculo, Footit, mantuvieron una destacada vena filantrópica que durante muchos años les llevó a realizar visitas periódicas a los hospitales infantiles de París, iniciativa que los médicos en aquella época juzgaron altamente terapéutica.

Nunca olvidó Chocolat de dónde venía. Había nacido como Rafael, esclavo en La Habana de 1868. Del millón cuatrocientos mil habitantes que por entonces poblaban la isla caribeña, unos 765 mil eran de origen europeo y los restantes, negros esclavos y personas libres de color. Según parece, Rafael fue pronto separado de sus padres, esclavos en una plantación, y de quienes no conservará recuerdo alguno, si bien en su confusa y a veces contradictoria memoria aparece la figura de una gruesa negra habanera que le adoptó y a la que más tarde recordará con su madre de leche.

Plagada de bellas mansiones, teatros y hoteles donde se celebraban bailes de lujo, La Habana era buena muestra de aquella Cuba considerada "la colonia más rica del mundo". Ajeno a tanta abundancia, Rafael vivía en sus calles como un pillete más. Hasta que un día llamó la atención de un comerciante español que paró la pelea que el bravo negrito mantenía con otro niño que le había insultado.

Admirado por la fortaleza y el genio de Rafael, aquel caballero tocado con gran sombrero gris de plantador, bastón de caña y vistoso reloj de bolsillo preguntó al niño por sus circunstancias, visitando luego a su madre adoptiva, a la que -de hacer caso a las memorias con inequívoco tufillo racista que escribiera en 1907 Franc-Nohain- le compró por 18 onzas de oro (equivalente al sueldo de cuatro meses de un funcionario de la época).

El comerciante no era otro que el vizcaíno Patricio Castaño Capetillo, antaño uno de esos pobres emigrantes españoles que tan bien definiera el reverendo Abiel Abbot al decir "que empezaban con una tienda de seis u ocho pies cuadrados, vivían de pan y ascendían con paciencia, ahorro y trabajo hasta la riqueza y, a diferencia de los yanquis, nunca fracasaban". Llegado a Cuba hacia 1850, Castaño se hizo escandalosamente rico a la sombra de su hermano mayor, Nicolás. Dueño de aserraderos, comercios, terrenos e ingenios azucareros, don Patricio se casó en Cienfuegos con Caridad Padilla, y más tarde, entre 1875 y 1880, queriendo preservar a su familia de los avatares derivados del proceso indepentista cubano, viajó de vuelta a Bilbao con su mujer, sus hijos Adela y Nicolás y el fámulo Rafael.

El comienzo del siglo XX sorprendió a aquel sirviente afortunado en la cima del éxito. Juguete de la buena sociedad, mimado por la bohemia parisina de la Belle Époque, buena prueba de su popularidad nos la da el hecho de que, hacia 1900, los hermanos Lumière filmasen seis de sus actuaciones en el Nouveau-Cirque, contándose entre ellas las famosas Guillaume Tell y La mort de Chocolat.

En 1902, Footit y Chocolat continuaron trabajando juntos en la primera revista que se montó en el Folies Bergère, enrolándose luego en una gira del Nouveau Cirque que les llevó por toda Francia sin encontrar el éxito buscado. Comenzaba para ellos una lenta decadencia. Se separaron en 1910, pues Footit quería trabajar con su hijos Thomas, George y Harry, mientras que Chocolat decidió formar pareja artística con su hijo Eugène, actuando como Tablette y Chocolat en numerosos circos ambulantes en los que su nombre ejercía de reclamo.

Nunca nada ya fue igual. Tras su separación, ni Footit ni Chocolat volvieron a conocer los éxitos de antaño. Al inglés le faltaba el contrapunto del cubano, y en una época en la que los diarios franceses se escandalizaban por las noticias de los linchamientos de negros a manos del Ku klux klan, no era políticamente correcto presentar en escena a un hombre negro siendo objeto de golpes y sevicias por parte de un hombre blanco.

En su cuesta abajo, tanto Footit como Chocolat cayeron en el alcoholismo. A Chocolat le sostuvo entonces su mujer, Marie Heccquet, con quien vivía desde 1895 tras divorciarse esta de su anterior marido, con quien tuvo un hijo que prohijó Rafael. La convivencia del cubano con una mujer blanca levantó un gran escándalo, al ser la suya una de las primeras parejas mixtas de Francia. El matrimonio tuvo una hija, Suzanne, que murió de tuberculosis a los ocho años, acentuando el declive del primer payaso negro de Francia.

Monsieur Chocolat falleció el 4 de noviembre de 1917, a las 10 y media de la mañana. Murió repentinamente de un ataque al corazón en la habitación de su hotel en Burdeos, donde trabajaba (formando pareja con los hijos de Footit) en el Circo Rancy bajo el sobrenombre de Patodos, según informó Le Petit Parisien.

Enterrado en la fosa común reservada a los indigentes, en su acta de defunción, y por indicación de los testigos, el funcionario inscribió al finado como Rafael Padilla, lo que indicaría que éste había adoptado el apellido de la esposa cubana de su antiguo amo, Patricio Castaño, si bien durante su vida se le conoció comúnmente como Rafael Chocolat.

Tras su deceso, su viuda vio cómo se le negaba tal condición (recordemos que Chocolat no tenía apellidos ni constaba en los registros ciudadanos). Reconvertida en costurera de circo, trabajó haciendo los trajes de diversos payasos hasta su fallecimiento ocho años más tarde.

Sumergida en el olvido, la figura de Chocolat resurgió en 2012, gracias a la publicación de su biografía, escrita por el historiador francés Gérard Noiriel (Chocolat, clown nègre), a cuya estela siguió en 2016 un biopic de Rochsdy Zem (Chocolat) interpretado por Omar Sy en el papel protagonista.


José Antonio Díaz
El Mundo, 1 de diciembre de 2016.